La Hora del Planeta es una de esas iniciativas que se reproducen, con excepciones, a nivel mundial. Hoy, a las 8:30 el Perú se suma a la iniciativa y “apaga” las luces en señal de reflexión o toma de consciencia de la importancia de preservar el medio ambiente. Pero, so riesgo de sonar muy políticamente incorrecta, ¿de qué sirve la Hora del Planeta?
He escuchado a varios señalar que la Hora del Planeta es una iniciativa irrelevante pues en una hora no se logra nada. No estoy de acuerdo con dicha afirmación ya que me parece muy simplista. Creo, por el contrario, que si con un minuto lograste concientizar a alguien (así sea sólo a uno) de que el cuidado y preservación del medio ambiente es fundamental y es tarea de todos, pues ese minuto por sí sólo valió bastante la pena. Pero sí tengo una crítica a esta iniciativa que no va en sentido de la funcionalidad de este evento que es meramente simbólico.
Hace un año me topé con unos amigos. Ellos, todos, me recordaron que la Hora del Planeta se celebraba al día siguiente. Uno de ellos tenía un polo alusivo a la fecha, el otro había conseguido que su familia estuviera preparada para el evento. La verdad, me sorprendieron con la organización. Yo confieso que vivía la Hora del Planeta de la manera más sencilla que pueda existir, apagaba las luces y conversaba con las amigas entrañables a la luz de las velas por una hora. Pero no planificábamos nada y, siendo francas, no hacíamos ninguna reflexión respecto de esa hora que atravesábamos.
Pero no me siento tan culpable. Me pregunto ¿qué clase de reflexión cabe cuando se vive este evento como si fuera una actividad políticamente correcta y se pierde el sentido simbólico? Es aún más vacío, creo, inventarse que en esa hora estamos cambiando el mundo. La cruda verdad es que esos 60 minutos no significan absolutamente nada si es que luego de ellos no realizamos, cada uno desde nuestros espacios, medidas concretas.
Por eso, cuando estos amigos tan aparentemente comprometidos mantenían la costumbre de viajar en auto de una cuadra a la otra (porque les daba flojera), de usar aire acondicionado en espacios en que no era necesario (y en invierno), o la manía de mantener el caño abierto mientras se enjabonaban las manos, me di cuenta de que la Hora del Planeta para ellos era exactamente eso: una hora. Punto.
De ahí a temas de fondo el panorama se tornaba aún más gris. Yo puedo entender, aunque no esté de acuerdo, en el apoyo que determinadas personas le den al proyecto minero Conga, por poner un ejemplo. Si el argumento es que las inversiones son importantes, que la minería es positiva para el país, que el estudio de impacto ambiental no enuncia mayores daños al espacio en que el proyecto se desarrolle, me parece legítimo e incluso, el inicio de una discusión saludable y basada en argumentos. Pero si el argumento de defensa de estos “defensores de la Hora del Planeta y del medio ambiente” es tan sencillo como “las lagunas no son más importantes que el oro”, “un cambio en ese espacio no es tan relevante”, “no podemos desperdiciar una oportunidad de ganar buen dinero por nuestros recursos”, etc. pues me queda claro que eso del interés por el medioambiente es una etiqueta y sólo eso.
Ese doble discurso es el que perjudica cualquier iniciativa que tenga como base una intención genuinamente positiva. Se pierde seriedad, se pierde impacto y, a la larga, se pierde tiempo. La hora planeta debe ser un punto de partida, no la meta. Hay mucho más allá de esos sesenta segundos.
Pero, otro tema importante, es el reconocimiento de nuestra insignificancia. Sí, aunque suene muy “doña pésima”, lo cierto es que no importa si nos pasamos todo un día sin luz. No importa si nos organizamos y en todo Lima nos ponemos de acuerdo para hacer el “día del planeta” y durante 24 horas nadie prende la luz. Mientras las grandes empresas transnacionales no cumplan su cuota de responsabilidad medioambiental, nuestro sacrificio tendrá el poder que tiene una mosca contra un elefante.
Si queremos asumir el cuidado medioambiental en serio, entonces comprémonos la agenda medioambiental también (y no sólo el polo de moda). Pero, además, seamos conscientes de que nosotros solitos no es que haremos LA diferencia. Esa depende de todos, en conjunto y ese es un trabajo largo. De hecho, como decía hoy un buen amigo en el trabajo, la “hora planeta” y su mensaje de “apaga la luz por una hora y colabora con el cuidado del medioambiente”, tiene un mensaje subalterno: tú eres el responsable. Y, la verdad es que eso no es muy cierto. Repito, nosotros somos insignificantes.
Somos las moscas frente al elefante. No podemos tumbar al elefante, pero podemos enloquecerlo, ¿no? Zumbando muy fuerte.
De eso se trata. De utilizar la Hora del Planeta como un punto de partida para asumir una acción constante coherente con la agenda medioambiental que, además de medidas concretas en nuestra vida cotidiana, redunde también en la crítica a aquellas grandes empresas que no se compran esta agenda, pero sí “patrocinan” la hora planeta. Del mismo modo, debemos reflexionar y criticar a aquellos países que se llenan de “horas planeta” a diestra y siniestra, pero a la hora de la hora “olvidan” convenientemente firmar el tratado de Kyoto, o ignoran con una indiferencia magistral cualquier acuerdo tomado en las conferencias medioambientales, recordemos también que ya llega Río+20. ¿Cuánto hemos avanzado?
Entonces, “hora del planeta” sí, pero no sólo eso. Lamentablemente, uno se acostumbra a quedarse en el evento. Que no nos pase. Usemos esta excusa para hacer algo diferente este año y que en la próxima hora planeta no hablemos sólo de lo que tenemos pendiente por hacer, sino también de lo que logramos.


