09/03/2012

¿Qué mujer puede decir que nunca la han violentado sólo por serlo?

Empecemos con una pregunta: estimadas lectoras ¿alguna de las que está leyendo estas líneas puede decir que nunca ha sufrido ningún tipo de violencia por ser mujer? Pregunto también a los lectores hombres si conocen a alguna mujer que pueda decirlo. ¿Existe? ¿Alguna mujer peruana puede afirmar semejante utopía? Yo no. Lamentablemente no me he librado, ni conozco a otras que lo hayan hecho, de la violencia cotidiana a la que estamos expuestas, sólo por ser mujeres.

¿Quién no tiene una amiga o conocida que haya sido violada, golpeada por su pareja, víctima de violencia psicológica, discriminada laboralmente, acosada sexualmente por el jefe, etc.? Pero, sin ir muy lejos, tú, mujer que lees esta columna, ¿no has caminado alguna vez por una calle donde más de uno te clavó los ojos, no precisamente en la cara, te hizo una mueca, te lanzó una frase grosera, o te soltó un sonido gutural muy cerquita del oído sólo porque se le ocurrió mostrarte primitivamente que lo excitabas al andar? Y, me pregunto, ¿qué derecho tienen estos sujetos para calificarnos, juzgarnos o decirnos lo que se les viene a la cabeza cuando nos ven caminar? Lo peor es que esta violencia verbal que vivimos a diario se ha “normalizado” socialmente y algunos (y algunas) hasta justifican la invasión de estos incontenibles sujetos con argumentos como “tu falda estaba muy corta”, “bonita, ya deberías saber a lo que te expones al pasar entre un grupo de chicos”, “en el fondo te están piropeando, ¿qué más quieres?”, etc.

Sí, por nacer mujer, te expones a esta agresión desde que te levantas en la mañana y te diriges hacia cualquier lugar. Como si fuéramos objetos que el hombre puede, además de mirar a su antojo, calificar. Como si pudiera emitir una opinión sobre nuestro cuerpo, nuestro andar, nuestra condición física (“estás muy gordita, ah”) y explicitarnos lo que quisiera hacer con nosotras.

Pero, por si fuera poco, 4 de cada 10 mujeres, que probablemente sufrieron esto como parte de su trayecto, llegan a casa y son víctimas de maltrato físico y psicológico por parte de su pareja. Asustadas por lo ocurrido se dirigen a la comisaría a denunciar el hecho, pero, generalmente, se someten a otra manifestación de violencia cuando les reclaman por denunciar el maltrato sin pruebas. Claro, cuando te roban y vas a denunciar un robo nunca te preguntan “oiga, ¿dónde está el objeto robado?” antes de sentar la denuncia, pero cuando te golpean lo primero que te preguntan es “oiga, ¿dónde está el moretón? Sin el golpe no podemos sentar la denuncia”, como si toda agresión física dejara marca en tu cuerpo, como si pudieras mostrarles el moretón que deja en tu alma.

Otras mujeres, con mejor suerte, llegan a casa y no sufren violencia por parte de sus parejas, pero de todos modos trabajan, en promedio, 3 horas más que los hombres en trabajo doméstico no remunerado. A ese no remunerado, habría que agregarle “no reconocido”, porque en el imaginario el hombre “trabaja”, pero, cuando se trata de labores domésticas, la mujer no trabaja, simplemente cumple con su “obligación”.

Ayer, Luzmila de la Cruz, dirigente en San Juan de Lurigancho, me comentó con una pasión que no he escuchado muchas veces, lo que significa ser un ama de casa. “Porque hasta cuando se dice ‘el Perú avanza’ ni se está considerando la labor de un ama de casa que trabaja, sí, trabaja, porque no está cumpliendo un rol que le ‘toca’ por ser mujer, sino uno que ella elige, todo el día. Y a este trabajo le agregamos un valor agregado importantísimo: lo llenamos de afecto. No es como escribir un informe, señorita, no. Es entregar todo tu amor en el plato de comida que preparas para alguien que amas, en cantar con alegría mientras limpias el lugar que compartes con tus seres queridos, en escuchar con cariño las historias que le pasaron en el día a tu esposo o a tus hijos. Pero no nos lo reconocen. No queremos que nos lo paguen, pero sí que lo reconozcan”.

Generalmente, en este espacio, escribo sobre educación y me queda clarísimo que en un día como hoy la educación es un tema trasversal porque sólo educándonos en otra manera de mirar a la mujer estas muestras de violencia van a cesar. ¿De qué sirve hablar de igualdad en las aulas de clase cuando, en cuanto salen de la escuela, a algunas las agreden y a otros no? ¿De qué sirve, en las zonas rurales, hablar de igualdad cuando sabemos que la mayoría de ellas dejarán de asistir a la escuela pronto pues deben hacerse cargo de determinadas labores y no hay “tiempo” para “estudiar”? ¿De qué sirve hablar de igualdad en comerciales, programas de televisión, periódicos, etc. cuando muchos niños y adolescentes llegan a sus casas y ven que sus madres han sido golpeadas por sus padres? ¿De qué sirve hablar de igualdad si se firma una ley contra el feminicidio, pero luego la implementación de la misma se pierde entre la lentitud y la falta de voluntad política de quienes deben entender que se trata de un tema fundamental en el desarrollo del país? ¿De qué sirve, por ejemplo, implementar normas que busquen mejorar la seguridad ciudadana, si la seguridad debe empezar en casa, y todas las noches ves que a tu madre o a tu hermana las golpean? ¿De qué seguridad ciudadana estamos hablando? ¿Sólo de la pública?

Ayer, alguien me preguntó: ¿cómo sería para ti un Perú donde existiera igualdad de género? Y, honestamente, no tenía una respuesta porque me cuesta muchísimo imaginarlo siquiera. Pero respondí: “la verdad, no lo sé, pero me gustaría saber que algún día en el Perú si una mujer muere va a ser exactamente por las mismas razones por las cuales podría morir un hombre y no porque, además, se puede agregar la variable ‘por ser mujer’”

¡Feliz día de la mujer!, pero que sea el primero de los próximos 364 en que nos detengamos a reflexionar sobre la realidad en la que vivimos y todo lo que falta por cambiar. Hemos avanzado mucho y hoy recordamos a aquellas mujeres que permitieron que esta mañana, por ejemplo, me haya levantado y elegido la ropa que voy a utilizar, pueda escribir sin un seudónimo una columna pública, pueda elegir el transporte en el que iré a trabajar, pueda trabajar, etc. Gracias a ellas que cumplieron su parte. Ahora nos toca a nosotras cumplir la nuestra.