23/01/2012

Vivir con memoria

¿Qué es la memoria si no la recopilación de eventos pasados para hacerlos vigentes en el presente? Según la primera acepción de la DRAE, se trata de “la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado” (el resaltado es mío). Entonces, cuando hablamos de la “falta de memoria” de un país no sólo hablamos del olvido de determinados eventos pasados, sino de la incapacidad de tomarlos en cuenta en el presente, lo cual es aún peor.




Pensaba en la “memoria” a partir del gran tema de la semana pasada: MOVADEF. Un asunto que se debate en el área legal con argumentos ad hoc y, en el mediático, con otros. La polémica respecto a la intención de MOVADEF por inscribirse como partido político ha “servido” para que se abra el debate en torno a esa supuesta memoria de la que carecemos, según muchos. Pero, me pregunto, ¿de qué memoria carecemos?


Durante la semana que pasó, hemos visto en sets de televisión, medios de prensa escrita, muros de facebook y tuits ligeros un desfile de posiciones disímiles, antagónicas, tercas, apasionadas, acaloradas, ignorantes, simplistas, vacías, falaces, etc., todas respecto de un hecho sobre el cual, se supone, debería haber algún consenso. Tal vez sí hay uno: el conflicto armado destrozó al país. Sí, “destrozó” porque literalmente lo hizo “trozos”. Lo dividió, y no entre buenos y malos, sino entre unos y otros, casi entre todos y todos. ¿Nos hemos recompuesto? No lo creo. Es más, este período nos sigue destrozando cuando escuchamos, de un lado, gritos de quienes afirman que en el Informe Final de la Comisión de la Verdad se suaviza a los terroristas (afirmación falsa) y, del otro, a quienes toman este documento como una biblia que narra con exactitud (o debiera) lo que ocurrió en dichos años.


Es un informe final y, como tal, busca dar cuenta de un evento específico. Creo que es el documento con mayor legitimidad para realizar esta tarea pues conjuga voces múltiples y, por tanto, abarca una visión más amplia (y por lo mismo más cercana) a esa realidad. Pero es un informe, no es la narración exacta de lo ocurrido. Para hacer memoria, hace falta mucho más que los tomos de este resultado de una comisión que se atrevió a hacer un trabajo que, de saque, era arriesgado. Hace falta, como menciona Roberto Bustamante en este post, hacernos cargo de las condiciones en que se gesta un discurso como el de SL, de las aulas donde surgen inquietudes legítimas que personajes como Abimael Guzmán aprovechan.


Pero no se trata de meter el tema en un texto escolar, de ocupar un capítulo de título “conflicto armado interno”, de mostrar fotos de SL o pasar películas sobre el tema a los alumnos de secundaria. Una vez más, al hablar de educación por la memoria debemos hablar de algo más amplio que de un salón de clases y un profesor dictando una materia. Si algo me queda claro luego de esta semana es que la amnesia no es sólo un asunto de juventudes, sino de todos. Hay jóvenes que no recuerdan Tarata, es cierto, pero ¿y nosotros? ¿Acaso no estamos todos un poco amnésicos? ¿Cómo podemos, los amnésicos, enseñar memoria?


Y acá entra nuevamente la importancia de un discurso. Es imposible hacer memoria o vivir “en memoria” sin un discurso que esté mínimamente concertado por todos. Esto no se trata de ponernos de acuerdo en la cifra de víctimas o en la repartición de ella. Parece que esa discusión nunca llega a ninguna parte. Como si un cero más o menos hiciera más o menos criminal a una organización. Como si quitarlo o ponerlo quitara el dolor de las familias de las víctimas o borrara lágrimas y recuerdos.


Lo que debemos tener clarísimo es que Sendero Luminoso hizo terrorismo y que en su afán por hacer una revolución mataron a quienes dijeron defender. En nuestra democracia no puede haber espacio para quienes defienden una ideología que rompió con las reglas democráticas a las cuales quieren adscribirse ahora, pero sin hacer ningún mea culpa, asumir ninguna responsabilidad e incluso afirmando que, por si acaso, no fueron terroristas, sino que hicieron una revolución (sic). No nos vengan con vainas. Del otro lado, en nuestro discurso colectivo también debiera haber un reconocimiento de excesos cometidos por quienes nos defendieron. La condena a Alberto Fujimori es la demostración máxima de dicha idea. Se cometieron excesos condenables que deben investigarse y ser sancionados.


Pero, sobre todo, el Estado debe asumir dos grandes responsabilidades de una buena vez. Por un lado, tener presente que las condiciones en que se gestó el conflicto siguen vigentes y, por lo mismo, son un riesgo. Hay que revertir dicho escenario. Y, por otro, afirmar con contundencia un discurso de la memoria porque, hasta el momento, respecto al tema MOVADEF el gobierno se ha caracterizado por declaraciones tibias. Tal vez consideren que deben guardar una postura “neutral”. Esto es un craso error. En este tema la neutralidad no sirve para nada. Si queremos hacer memoria, hay que hacerla con claridad. Así, el Estado cumplirá también con su rol educador porque las reparaciones a las víctimas, el espacio físico del Lugar de la Memoria, y la inclusión del período de conflicto en los libros escolares son medidas aisladas sin ningún impacto real si el Estado no camina junto con ellas. No se trata de “educar” con la memoria, sino de “vivir la memoria” empezando en Palacio de Gobierno.


Lamentablemente, lo que hemos visto esta semana es un desfile de memorias distintas sobre el mismo hecho y a cada “memorizador” increpándole al otro por su lectura. Esto no contribuye con ninguna reconciliación (como tampoco la amnistía, por cierto). Se necesita un discurso que compartamos como país. Una identidad que surja a partir de un evento traumático. Para que Tarata deje de ser el nombre de una calle y sea el eco de un recuerdo. No sólo de un atentado, sino del baldazo de agua fría que significó para los limeños porque hubo muchas Taratas antes, pero no en la capital.


Sin un discurso de memoria colectiva seguiremos viviendo el conflicto armado. La única diferencia es que se ha des-armado.

18/01/2012

Lima no tan gris




477 años de fundación y se la sigue llamando la gris. Lo es, claro, por este cielo nada acogedor que nos acompaña todos los días. Pero, fuera de él, es muy colorida. Puedes viajar de un punto de la ciudad a cualquier otro y toparte en el camino con paisajes urbanos diametralmente distintos, con miniciudades, cada una de ellas con demandas muy particulares y con necesidades diversas. Con preferencias musicales disímiles y, en ciertos casos, con silencios elocuentes. Puedes incluso aventurarte a descubrir qué clima hay en cada espacio de Lima porque nada garantiza que si por tu ventana viste sol, más allá no te mueras de frío o te asalte la neblina. Puedes encontrarte también con maneras de hablar diversas. Es común, por ejemplo, que en ciertos distritos donde migrantes del interior del país han hecho de Lima su espacio, el castellano andino tan rico (y a la vez tan maltratado por ciertos talibanes del lenguaje) sea una constante. Por otro lado, en algunas playas encontrarás un dialecto que aún no termino de descifrar, donde el lexicón para designar ‘ola’, ‘tabla’, ‘tráfico marino’, ‘hora de almorzar’ ‘excelente maniobra’, etc. es una mezcla de inglés, castellano y mucha creatividad (como dirían ‘es de la witch’). Puedes encontrar los mejores anticuchos en una carretilla ubicada al azar y el mejor pisco sour en la casa de una amiga (me ha pasado).


Puedes toparte con la intolerancia personificada en una calle cualquiera, con la sinvergüencería máxima en el cruce de dos avenidas o en un semáforo pasado por alto por default. Puedes cruzarte con los que juegan golf y los que arman su pichanguita en las lozas de la costa verde en cuestión de minutos. Puedes sorprenderte con el joven que ayuda desinteresadamente a una señora anciana a cruzar la calle y tratar (a veces sin éxito) de hacer entender a otro que ceda su asiento en una combi a una señora embarazada. Puedes descubrir tus habilidades de contorsionista a las 6pm en una couster que va por la Avenida Javier Prado y también poner a prueba tu serenidad cuando te aguantas el puñetazo que querías mandarle a quien por la ventana de su auto lanzó a la pista un paquete de galletas. Puedes toparte con el policía que aprovecha para cobrar coima, sobre todo en fiestas, pero también con los otros tantos que nunca aceptarían una. Puedes encontrarte con los taxistas que entienden lo que significa el verbo “regatear”, para alivio de tu bolsillo, pero también con los que detienen el tráfico para conseguir a un pasajero aún cuando éste no ha dado señas de querer abordarlos.


Por ser mujer, nos topamos con una serie de reglas absurdas y tácitas como “nunca pases delante de una construcción”. Sí, una se topa con cireos gratuitos y muy machistas en cualquier lugar de esta ciudad. Te encuentras también con una serie de locales que sin vergüenza se atreven a poner carteles que dicen “se reserva el derecho de admisión”, como si admitir a alguien fuera un derecho del local y no nuestro. ¿Acaso no es nuestro derecho ser admitidos a donde queramos? Te encuentras con muchas madres que son padre y madre al mismo tiempo y que trabajan todo el día para que a sus hijos no les falten útiles escolares. Claro, del otro lado, te encuentras también a familias abandonadas donde los hijos no lo son nunca y subsisten refugiándose en las drogas, alcohol y pandillas. Te golpea también la historia de Juan, un buen amigo que ha luchado toda su vida por estudiar mientras trabajaba y que, pasado algún tiempo, ha cambiado esa cara de esperanza por una de agotamiento: “de qué sirve si acá todo es vara”, me dice. Pero al mismo tiempo, te topas con todos aquellos que siguen viniendo optimistas a la capital a construir un “futuro mejor” (sic).


Porque con sus contradicciones a veces insoportables, Lima sigue siendo una ciudad de oportunidades. Y es que a Lima no hay que endiosarla, hay que quererla así como es. Acá se mezclan la indignación y la sonrisa, la terquedad y la tolerancia, la sinrazón y la reflexión. Mi Lima, la que conozco hace años, no es tan gris. Es, por el contrario, muy colorida. Es una ciudad que hay que vivirla profundamente y, ojalá, todos lo hiciéramos para mejorarla. Así, tal vez en un futuro, no sólo se la viva (o sobreviva), sino también se la disfrute.


Feliz aniversario, Lima.

09/01/2012

Impuesto chatarra

Este fin de semana nos cruzamos en el Peaje de Lurín, en la Panamericana Sur, con el mismísimo Ministro de Salud, Alberto Tejada. En una iniciativa que considero positiva, se acercó al auto y nos dio, a todos los que nos dirigíamos hacia la playa, unos volantes que sugerían que nos protejamos de los rayos del sol y que comiéramos saludablemente. Con el equipo de prensa presente, nos filmaron, nos tomaron foto y sonreímos, todo en cuestión de segundos.

La iniciativa me parece estupenda. Qué mejor que el mismo ministro se te acerque y te aconseje tomar precauciones de verano. Además, puede contestarte las preguntas que le hagas. Esta actividad forma parte del plan de verano de este año en materia de salud, que busca crear conciencia de los riesgos de la exposición excesiva al sol y la necesidad de la alimentación balanceada, entre otros temas. Sobre el asunto de alimentación, sin embargo, hubo una polémica hace unos días cuando el ministro Tejada avaló la sugerencia de Foro Salud de poner un impuesto a la comida chatarra.

Pizza Hut, Mc Donalds, KFC, Bembos, Burger King. No estoy mencionando un conjunto de locales de comida rápida o comida chatarra al azar, estoy recordando mis almuerzos, de lunes a viernes, durante varios meses del año pasado. Lunes de pizza, martes de cuarto de libra, miércoles de combo twister, jueves de hamburguesa alemana o mexicana y viernes de stacker doble. El orden podía variar. ¿Resultado de esos meses? No hubo aumento de peso, pero sí disminución de hemoglobina, de energía, aparición de granos en la cara y, claro, la sensación de pesadez y agotamiento producto de una terrible alimentación. Lo admito, he sido una adicta a la comida chatarra. Todo empezó como la solución simple a un horario laboral muy complicado y luego degeneró en una costumbre, una mala costumbre. Por ello, cuando a las 12 de la noche del último día del 2011 me preguntaron cuál sería mi gran resolución del 2012 dije, sin pensarlo, “comer saludable”.

Cuando hace unos días se inició el debate sobre la pertinencia de poner un impuesto a la comida chatarra pensé inmediatamente que era una tontería. Ojo: La comida chatarra no es saludable. De hecho, es una de las razones de la obesidad. En EEUU, por ejemplo, uno de los países con mayor índice de obesidad y en el cual la cultura fast food (junk food) está muy extendida, se estima que el índice de personas con sobrepeso llegará al 75% en el año 2015. Pero, ¿con un impuesto se soluciona el “problema”?

La comida chatarra involucra a los alimentos que no poseen valor nutricional. Brindan azúcar, sal, grasas y calorías, lo cual es necesario para el cuerpo, pero los otorgan en medida excesiva y, nuevamente, sin elementos nutricionales que hagan un balance adecuado en la alimentación. Nunca recomendaría alimentarse únicamente de chatarra ni excederse en el consumo de la misma, y decirlo implica hacer un mea culpa muy sincero, casi avergonzado.

Pero, repito, ¿a qué viene el impuesto?

Algunos han criticado esta medida afirmando que se trata de un parche. Que el impuesto por sí solo no contribuirá con nada ni fomentará una alimentación saludable por parte de los peruanos. No les falta razón. En este, como en otros ámbitos, cuando una medida no va a acompañada de otras como un gran “combo”, no se logra nada. Digamos que el hecho de que un almuerzo en KFC te cueste 4 soles más no hará, necesariamente, que lo cambies por un almuerzo balanceado y nutritivo. Algunos pagarán cuatro soles más, algunos otros buscarán una opción que no será siempre una mejor opción.

A este asunto se añade lo que ya han mencionado varios detractores de la norma: ¿cómo cuernos sabemos qué es y qué no es comida chatarra? Algunos dirán que se define en tanto a su nivel de grasa. Discúlpenme pero, ¿alguien sale a almorzar con su medidor de grasa? ¿Cómo se elaborará esta lista de comida chatarra? ¿Habrá una lista, siquiera, o será un poquitín arbitrario?

Pero el asunto de fondo no tiene que ver con estas dos legítimas razones para estar en contra del impuesto. La verdad del asunto es que este impuesto chatarra es lo más paternalista del mundo. Casi parece que a los ciudadanos un gran padre (Estado) nos llevara de la mano y nos indicara que debemos y que no debemos comer (hacer) eliminando, sutilmente, nuestra libertad de decidir. Porque no es que no sepamos que la comida chatarra no sea saludable, sino que sabiéndolo elegimos comerla por alguna razón.

Si tanto interesa al Ministerio de Salud que dejemos de consumirla (lo cual está muy bien), que se inicie una campaña de concientización sobre la importancia de comer saludable, como hizo hoy el ministro Tejada en el peaje de Lurín. Que utilicen los medios de comunicación para difundir los riesgos de alimentarse desequilibradamente y las consecuencias de ingerir comida chatarra en exceso.

Yo, como ex chatarrera, aplaudiré esta iniciativa. Pero un impuesto que se cobre a los gustos particulares de cada ciudadano es un error. No subestimemos a los comensales. No somos animalitos a los que hay que guiar por la senda del bien, somos seres humanos capaces de pensar y decidir lo que queremos. La libertad del ministerio termina donde empieza la nuestra. Recuerde eso ministro Tejada.