Hoy, como todos los 6 de julio, recuerdo a los grandes maestros con quienes me he topado. Y siempre vuelvo a toparme con mi primera y eterna maestra. La verdad, yo crecí en una casa que parecía un parque de diversiones. Cuando pequeña lo he disfrutado muchísimo, de adolescente renegaba un poco (bueno, renegaba por todo) y ahora, me enternece.
Lo que ocurre es que mamá es maestra de educación inicial y por eso, ni mi hermano ni yo tenemos problemas para diferenciar corospún de microporoso o cánson de cartulina normal en un 2 por 3. Hemos jugado a la cocinita, a la casita, al restaurant y, claro, a la profesora Laura y el alumno Rodrigo con material de verdad. Con lapiceros rojos, hojas de aplicación, gelatinógrafos, sellos de caritas, papel crepé, etc. Probablemente le costábamos una millonada a mamá en todos los materiales que le robábamos “secretamente”, pero nunca nos castigó por usarlos.
Mamá ha sido nuestra primera maestra. Me enseñó a leer y escribir antes que en el colegio (y mejor), me enseñó a sumar, restar, multiplicar y dividir, me habló de las regiones del Perú y, claro, me llevó a conocerlas. Me leyó la leyenda de los hermanos Ayar con gráficos enormes que ella misma diseñó, leímos juntas la historia de cada uno de los 14 incas, hicimos un quipu para que me quedara claro cómo cuernos contaban, aprendió flauta para enseñarme a tocar flauta y, por si fuera poco (y pese a lo poco que le gusta el deporte) me enseñó hasta educación física. Claro, ahí ella no se metía mucho pero me alentaba todo el tiempo. Y, cuando la acompañaba al trabajo, veía que hacía lo mismo con sus 35 alumnos.
Si tenía que tirarse al suelo por fines pedagógicos, lo hacía sin pensarlo. Del mismo modo, si tenía que viajar dos horas y media diarias para ir a enseñar en un colegio alejadísimo del centro de la ciudad, lo hacía y con una sonrisa elocuente. Ahora anda viajando porque, como me dice, “hay mucho por hacer” al interior del país. Y así, sin darse cuenta, nos ha enseñado a mi hermano y a mí la mejor de las lecciones: el significado de vocación.
Y estoy segura de que hay muchos maestros así de comprometidos que merecen saludos el día de hoy. Por eso existe el día del maestro. Para recordar la labor de aquellos que hacen malabares por transmitir conocimiento. Para aplaudir a quienes hacen pedagogía dentro y fuera del aula y varios, como vemos, en su familia.
Les copio, para terminar, un fragmento de una carta que mamá nos mandó a mí y a mi hermano por el día del maestro. Sí, ella nos mandó una carta a nosotros para agradecernos el apoyo que le hemos brindado a ella, cuando somos nosotros quienes deberíamos agradecerle. Es que hasta para eso es maestra: para hacer sentir a sus dos mejores alumnos queridos e importantes. Te pasaste, reina. Gracias.
Laura y Rodrigo: el día de hoy decidí escribirles una pequeña carta por el día del maestro. Ustedes son hijos de una maestra.
Haber andado con mis hijos en mi jornada laboral, haber colmado su infancia de recuerdos que giran en torno a tareas, escuelas, y actuaciones, me completa. Tú, Rodri, desde pequeño me acompañaste tres horas de ida y tres de vuelta porque el trabajo quedaba lejos de Lima. Ahí pasamos tu primera infancia. Les agradezco mucho a ambos su paciencia y quiero reconocerlos porque son muy importantes en mi vida, porque los quiero mucho y porque sin ustedes, que han sido mi motor siempre, tal vez no estaría donde estoy. Gracias!



2 comentarios:
Sentido, hermoso, y lleno de la Laura sensible que eres!!!, para quienes compartimos la docencia es grato leer comentarios como este.
Gracias Laura, hermoso testimonio. Grande tu madre y maestra.
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