Si hay un comentario que he leído repetidas veces hoy, a partir de los resultados electorales que indican la victoria de Ollanta Humala, es que “el Perú no es Lima” y que hoy ganó ese Perú tan lejano de la capital. Pero, ¿hay que esperar que resultados como este nos abofeteen en la cara para darnos cuenta, una vez más, que el Perú es más que Lima? ¿Cuántos escenarios de polarización tan aguda como este necesitamos para advertir que la burbuja de la capital no logra representar a todos los peruanos? ¿Cuántos más “antisistemas” surgirán y obtendrán el voto popular para que, por fin, nos dignemos a mirar hacia adentro en lugar de contentarnos con contemplar nuestros propios ombligos? El Perú nunca ha sido solo Lima, pero hoy esta verdad que deberíamos tener presente a cada momento nos ha golpeado en la cara merecidamente.
No obstante, todavía encontramos a quienes en lugar de ver esta verdad deciden seguir echándole la culpa al otro a quien no ven como un igual, sino como un inferior. No en vano, el grupo “Vergüenza democrática” presenta un conjunto penoso pero real de las muestras de discriminación que rebotan por las redes sociales. Los votantes por Ollanta Humala son descritos como ignorantes, pobres, resentidos, raza que debió ser eliminada por los españoles durante la conquista, analfabetos, etc.(revisarlo aquí). A esto se suman los calificativos a Alejandro Toledo que es descrito como un serrano de mierda y Mario Vargas Llosa como “solo un premio nobel”, entre otras perlas. Con estas reacciones es evidente que hoy no hemos aprendido absolutamente nada.
No se trata pues de echarle la culpa al resto (como si ese “resto” no tuviera derecho a decidir sobre el rumbo de un país en el que ellos también habitan). Se trata de entender que Ollanta Humala es un síntoma y no un absurdo producto de la estupidez, la raza (como si esto tuviera algún sentido) o el resentimiento.
El futuro presidente Humala es la evidencia de que Lima ya no puede vivir de espaldas al país. De que el Palacio de Gobierno, tampoco. De que el crecimiento económico no puede quedarse en el bolsillo de algunos pocos. De que los medios de comunicación no pueden dejar de lado su responsabilidad de informar en pos de intereses de los dueños, o preferencias personales. De que nosotros, todos los ciudadanos, no podemos seguir sordos.
Pero hay un par de cosas buenas que debemos tener en la mira.
Nueva versión de Humala:
Todo parece indicar que Ollanta Humala no sería tan tonto como para alucinarse un ganador por sí mismo sin considerar que es también producto de una circunstancia llamada Keiko Fujimori. En este sentido, algo positivo es que la competencia por ganar la segunda vuelta ha sabido moverse a ese centro que es preferible a las ideas radicales que enarbolaba en el 2006 y, en menor medida, a inicios de la primera vuelta.
Un primer gesto en esta línea ha sido el discurso de esta noche en la Plaza Dos de Mayo. Fue tardío: sí, pero creo que quiso ser prudente. No fue propiamente un discurso triunfador, sin embargo, se mostró como el Humala que ha sido durante esta segunda parte de las elecciones: moderado.
Sin embargo, esta moderación no debe significar dejar de lado importantes reformas que ha planteado desde siempre. No olvidemos que las expectativas, sobre todo al interior del país, son muchas. Si esta moderación no se combina con la atención a demandas de las diversas poblaciones al interior del país (muchas involucradas en conflictos latentes), entonces el panorama será sumamente negativo para la gobernabilidad de este candidato. Ojo con eso.
Vigilancia ciudadana:
Si bien algunas manifestaciones de la ciudadanía han sido lamentables (por el racismo entre otras cosas), es importante resaltar a un grupo de personas que han manifestado sus puntos de vista de manera alturada. Argumentos lógicos han habido en ambas carteras y también voceros ciudadanos de los mismos.
Esperemos, sin embargo, que estas manifestaciones se mantengan. Que no caigamos en la pasividad. Que quienes se manifestaron durante la campaña lo hagan también durante el próximo gobierno. Esa es la única manera de asegurarnos de que nuestro voto no sea un cheque en blanco.
Que la memoria perdure, pero para que eso ocurra es necesario que nuestra fiscalización perdure también. No olvidemos que no hace falta solo defender la democracia. De hecho, lo que corresponde ahora es construirla. De nosotros depende.



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