Ayer estuve en la inauguración de la Chalina de la Esperanza. No había podido verla en San Isidro dado que no estuvo expuesta mucho tiempo por la voluntad del entonces alcalde sanisidrino Antonio Meier. Sin embargo, qué mejor que las voces de los protagonistas de un conflicto que perdura hasta ahora, en la indiferencia y la amnesia voluntaria, tomen la Municipalidad de Lima como un altoparlante. De más está decir que la iniciativa es excelente y la puesta, impactante.
También ayer estuve armando un post sobre José María Arguedas que no vio la luz porque, por la falta de tiempo, no lo pude terminar. Sin embargo, sin querer queriendo, el post se terminó solo con la inauguración porque fue esa chalina la que hizo de testimonio visual de aquello sobre lo que Arguedas escribió, discutió y, sin duda, soñó.
La chalina de la esperanza es una gran unidad compuesta de diversas pastillas. Cada pastilla está hecha por alguna persona, de algún lugar del Perú e incluso de otros países. En cada pastilla podemos notar las individualidades y particularidades de quien la hizo. Así, podemos leer en una pastilla la palabra “justicia” en mayúsculas, como si se tratara de un grito silencioso junto a otra en que se lee “no más violación a las mujeres”; esta última adornada de una flor tejida con una dedicación notable. De este modo, paseas entre las diferencias que coexisten en un gran resultado final.
Algo así pensaba mientras armaba el post de ayer. José María Arguedas buscó constantemente presentar una realidad que muchos no querían ver, pero ya existía. Como afirma Nelson Manrique: “los primeros migrantes tuvieron que enfrentar no solo un profundo choque cultural sino, sobre todo, sufrir los prejuicios con que históricamente los costeños han visto a los serranos. Para los viejos limeños los migrantes venían a quitarles su ciudad, eran sucios, desconfiados y taciturnos. Los serranos, por su parte, consideraban a los costeños ociosos, inconstantes y superficiales. Pensar en un proyecto de integración nacional en esas condiciones era iluso.” ¿Y con las condiciones de hoy?
Si, como comenta El Morsa, “a las poblaciones indígenas que reclaman justamente una Ley de Consulta se les llama salvajes y pre-modernos” ¿podemos hablar de un cambio de las condiciones? Algo ha cambiado, pero no es suficiente.
Si el gobierno hubiera nombrado a este año “El centenario de José María Arguedas”, como creo que debió ser y para mí es, la presencia de Arguedas hubiera sido de todos modos significativa, pero es justamente en la negativa del gobierno que su presencia cobra mayor sentido. Arguedas no es solo literario o cultural, es un tema político. Eso se lo debemos a él y a todas las condiciones que denunció y que hasta ahora no han variado.
Este centenario cae en un momento preciso: entre las elecciones generales que siempre nos recuerdan que no todos respondemos a los mismos discursos, individualidades que hacen que elijamos a uno y no otro candidato, que miremos los comicios de manera diversa y al otro también. Hoy, al igual que siempre, es necesario repensar Arguedas y releer Arguedas que significa también repensarnos y releernos.
Así como la chalina de la esperanza vio en la censura hecha por Meier una oportunidad de protagonismo, la polémica sobre el centenario de Arguedas debería buscar lo mismo. Un protagonismo del autor, de su obra, de sus personajes y, sin darnos cuenta, del país que, al igual que la chalina, es una gran unidad de individualidades que debieran coexistir en armonía. Lamentablemente, hasta ahora, el Perú es como una chalina con pastillas censuradas.
PD: Exposición de La Chalina de Esperanza en la Galería Pancho Fierro (Municipalidad de Lima) hasta el 27 de enero. Ingreso Libre.



1 comentarios:
Ninguna esperanza puede traer esa chalina sesgada que sólo para denigrar a la lucha contra el terrorismo comunista.
Los parientes ideológicos de tantos "defensores de los DD.HH" cometieron crímenes inenarrables, sin embargo las vícitimas del terrorismo comunista no son representas en esa chalina sesgada.
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