Gracias a “Ella”, mi roomy, por la conversa tan interesante alrededor de dos cafecitos.
Antes de escribir este post, hice una preguntita por el twitter: ¿cómo se dice: “cireo” o “sireo”? Las respuestas fueron diversas. Algunos me aseguraron que no hay forma “correcta” (qué terrible este adjetivo) de escribirlo y otros me dijeron que “cireo” es el piropo de barrio (o sea, más atrevido que el silbidito) y el simple silbidito es “siseo”. He aprendido mucho porque no tenía idea de toda esta sabiduría popular. En todo caso, advierto, me quedaré con “cirear” para los fines de este post.
Hace buen tiempo no me “cireaban”. Recuerdo, sin embargo, la incomodidad que sentía cuando lo hacían. Nunca he sido un mujerón, no he tenido jamás una cinturita envidiada, ni unas piernazas o unas caderazas . Digamos que ostento con modestia, y satisfacción, mi ser “aceptable” y me basta. Pero, pregunto, ¿acaso eso importa a quienes “cirean”? ¿Acaso están pendientes de si soy una chica “digna de un cireo” antes de emitirlo? ¿Hay una lista de requisitos que debo cumplir para que se manden con el “piropo”? O se trata de un antojo de momento, de una práctica a la que están acostumbrados y de la imposibilidad de evitar el típico “tss”, “hola amiga”, “qué guapa estás” e incluso, en ocasiones, frases tan creativas como “quisiera ser chancho para comerte, basura”. Y, cuidadito, que a la primera que volteas con cara seria ante la florida frase te dicen “encima que te halagan te enojas”. Se los juro, me ha pasado.
Entonces, por favor, explíquenme ¿cuál es la causa del “cireo”? ¿En realidad creen que me están halagando? Cómo les explico que sus “tss…”, “mami rica”, “bellecita”, “mamacita”, “¡qué buen (coloquen la parte del cuerpo de su preferencia)”, etc. no contribuye con mi autoestima, mi equilibrio emocional y, mucho menos, me saca una sonrisita. ¿Debo sentirme halagada luego de las palabras acompañadas de sonidos guturales y onomatopéyicos que me lanzan desconocidos en la calle solo porque se les ocurrió? No lo creo.
Se trata en realidad de una práctica usual que se da cuantiosamente más hacia mujeres que hacia hombres. Yo también tengo ojos y puedo caminar por las calles y cruzarme con algún sujeto con un buen poto, una espalda atractiva, unos brazos bien moldeados, etc. Sin embargo, ¿detenemos nuestras conversaciones para iniciar un corito de adjetivos e invitaciones al sujeto en cuestión? No. No solemos hacerlo y si algunas lo hacen pues siguen siendo excepciones.
Ahora bien, si alguien estaba pensando sacar la ridícula carta de “si andas en escote pues no te quejes porque te la buscaste”, cuídese mucho. Si un día me veo al espejo y me provoca usar ese polito sensual que tiene un escote hasta el ombligo tengo todo el derecho a usarlo sin ser presa de tus “cireos” crudos. ¿No puedo verme bonita y querer salir así porque me vi bonita a mí misma? ¿Acaso cuando me pongo una prenda estoy pensando en cómo me voy a ver para otro o cómo me veo a mí misma? Entonces, no molesten. Ese argumento no funciona.

El asunto es que no hay ninguna razón por la cual, solo por caminar en la calle, debo ser sometida al comentario público y adjetivación detallada de los hombres que quisieron juzgarme ese día. Solo estoy caminando por la calle, ¿tú crees que me importa si te parece que estoy guapa o no, entradita en carnes o flaquita, alta o chata, si me queda bien el azul o el marrón, si mis pechos te provocan o lo que fuere? No, estimado “cireador”, no me importa. ¿Quién te preguntó?
Y lo preocupante es que esta intromisión en mi espacio, porque es mi espacio no joroben, es, en ocasiones, mucho más perversa. La cantidad de amigas que me han comentado que alguna vez han sentido una mano traviesa y rápida por sus pechos o piernas es considerable. Yo misma recuerdo que a los 11 años, o sea casi una niña, sufrí de la toqueteada de un joven que faltándome el respeto tanto a mí como a mi madre que me acompañaba, decidió estampar su palma en ya imaginarán donde. ¿Quién le dio ese permiso?
No sé si se trate de una práctica peruana, honestamente. Pero recuerdo que el año pasado estuve unos días en Salinas, un balneario ecuatoriano, y a propósito de este tema escribí lo siguiente:“El punto es que con la costumbre generalizada, ya una deja de ponerse alerta y simplemente se abre a recibir esos comentarios. O sea, no te quedan muchas opciones, es o te aguantas el “piropo” o dejas de salir a la calle. Así que, ayer, mientras caminábamos por el malecón (mi lugar favorito del mundo) en ropa evidentemente playera, porque si no qué pena el bochorno, me sorprendió toparme con muchos hombres de mi edad, mayores, tomando chela, en grupo, solos, etc. y que no dijeran absolutamente nada. O sea, ¿qué pasó?
Si al comienzo me pregunté si en serio andábamos tan mal Pao y yo, casi me contesté en el acto porque, si bien eso de ser top models no va con nosotras, estamos decentes, hay que admitir jaja. Fue extraño, ambas lo notamos al toque y nos preguntamos “qué raro pasar por grupos de patas que no te digan nada, te miran, pero nada de silbidito, ni comentario tu ku tum pish”.”
Al día siguiente, un amigo que hicimos en el balneario nos contó que en Salinas todos eran muy respetuosos pues no querían fastidiar a los turistas. Bueno, turista o no, me sentí cómoda de no tener que hacerme la sorda. Tú ¿cuántas veces te has hecho la sorda? y tú, "cireador" ¿cuántas veces has explicitado tu atracción/onomatopeya sin que nadie te haya preguntado?