17/03/2010

Buen viaje

Otro post personal que sentí completamente necesario. Un post para ti, Gerardo.

-¿Estás segura de que lo quieres dejar?
-Totalmente segura
-Lo vas a extrañar.
-Ya sé…también te voy a extrañar a ti, eh…
-Ah pues, ya no me verás…más…
-Ay, no seas malo.
-…te va a ir bien, pero de vez en cuando mirarás atrás… y te acordarás de hoy…
-…y me sacaré un par de conejos y empezaré a tocar ¿no?...marciana

-Ja…eso, marciana.

Cuando me preguntan cuál fue la decisión más difícil que he tomado, recuerdo esta escena. Poco después de ese diálogo Gerardo se fue a sentar en ese sillón que tenía en su casa, desde el cual siempre me miraba para afirmar, con tono de burla, que mi digitación era marciana.

No fue la última vez que lo vi, pero sí la última que me escuchó tocar con la paciencia de siempre para decirme. Como siempre, me detenía en medio de una frase muy difícil pues, no le importaba que la termine mal, sino que la haga en excelencia y decía “vamos de nuevo”.

Gerardo me enseñó, entre otras cosas, que no estaba mal rebelarse. Siempre me decía “acá no hay otra regla que tocar con sentimiento. Si no lo sientes o, mejor dicho, si no siento que lo sientes empezamos de nuevo…todo”. Y así era. Pero si quería hacerlo cantando, moviendo mis muñecas, moviendo la cabeza, gritando entre compases, golpeando mis manos al equivocarme o lo que fuera…me dejaba. Siempre me decía: “dale…si queires tocar con la partitura al revés, voltéala, pero hazlo con clase”.

Recuerdo también que en la primera clase que tuvimos me pareció rarísimo que no se fije ni se detenga mucho en mi repertorio para ponerme en el nivel correspondiente. Miró mis manos luego de un par de piezas cortas y me dijo: “tienes buena técnica, pero tu digitación es rarísima”. Unos meses después, cuando la confianza entre maestro y alumna se volvió excelente, la empezó a llamar “digitación marciana” y hasta ahora lo recuerdo cuando, inconscientemente, cuando me acerco al piano se me cruzan el meñique con el índice. Totalmente marciana.

Ahora que lo pienso, Gerardo siempre confió en mí, incluso cuando, según él, estaba cometiendo una locura (dejar el piano). Cuando llegué a la clase por primera vez y luego de tocar tres piezas le pregunté, “¿y? ¿puedo ingresar al conservatorio?” me dijo sinceramente “hay mucha chamba por hacer. ¿Puedes venir dos veces por semana?”.

Debo admitir que no estaba a la altura pero ni de cerca. Me faltaba muchísimo por avanzar. No solo mis manos andaban oxidadas luego de haber dejado el piano por varios años, sino que entre la digitación marciana y mi flojera para estudiar compás por compás, armar un repertorio para el examen de admisión era dificilísimo. Pero él nunca me dijo “no”. Estudié sin parar, junto con él, durante largos 10 meses. Larguísimos. Entre Bach, Chopin, Clementi, Czerny (para la técnica) y el temido Beethoven armamos un repertorio decente. Y uno de esos martes de clase le dije: “maestro…no la hago. Me presento, pero no creo que la haga y quiero que sepa que estoy preparada y dispuesta a volver a postular el año que viene. No tengo prisa. Solo tengo 15 años.” Gerardo me miró y me dijo “¿y si ingresas estarás a la altura?”, “espero que sí” le dije… “no lo creo…si no, no me hubieras dicho lo que acabas de decir”.

Creí que se había enojado conmigo por dudar de mí. Pero al rato sonrió. Era una de esas cosas que hacía Gerardo. Decirme algo profundo e incluso extraño, pero luego volverlo natural con sus gestos. “Vamos de nuevo, Laura” y nuevamente al inicio. Cuando terminó la clase me cayó con una de sus ideas más locas , o al menos eso pensé:
-Laura, ¿confías en mí?
-Sí, profe
-Ok. Entonces harás lo que te voy a pedir, ¿verdad?
-Sí, profe…
-No quiero que toque ni una sola pieza preparadas para el examen de admisión hasta que sea ese día.
-Pero, profe…falta una entera semana…¿no voy a practicar antes del examen? ¿está loco?
-Te dije que confiaras en mí.

Le hice caso. Y tenía razón.

Cuando terminó el examen frente a jurado y me iba para mi casa dispuesta a descansar y olvidarme del día porque no quería pensar en ir al día siguiente para ver mi nombre entre las “no ingresantes” entró una llamada de Gerardo al celular de mi mamá.
-¿Profe Gerald?
-Estoy orgulloso de ti. Tocaste un repertorio fácil, pero fue limpio. Perfecto.
-¿En verdad?
-Éxitos mañana

Y al día siguiente en la lista de ingresantes estaba mi nombre. Corrí al salón (311) en el conservatorio pensando que le diría “gracias” o simplemente “ingresé” o “¡¡¡Profe, no sabe!!!”, pero solo me salió un enorme abrazo. Luego le dije “eres mi papá musical”. Dos años de clases sin parar y de amistad siguieron ese abrazo hasta que, con el diálogo inicial de este post, te dije adiós en el año 2004.

Cuando me enteré, hace pocas semanas que el cáncer te había tocado la puerta me sentí terrible, pero creo que peor me hubiera sentido si no me hubiera enterado. No tuve tiempo de decirte “adiós”, pero créeme, ahora más que nunca te recuerdo, Gerardo. Lamento no haberte llamado la navidad pasada, ¿qué raro, no? Pero quería escribirte. Quería escribirte para decirte que he volteado a mirar atrás varias veces y que más allá de lo que dijimos, siempre te recuerdo. Siempre que volteo mira nuevamente a la niñita de 14 que se moría de miedo de todo y al gran pianista humilde que tenía al frente. A ese que contra todo pronóstico supo ver más allá de mi falta de práctica. A ese que cuando le dije “lo dejo”, no pudo disimular su cara de tristeza, pero supo decirme “te va a ir bien en la universidad…pero, prométeme…que valga la pena”.

Y la vale, Gerardo. La vale cada día.
He vuelto, además, a revisar las últimas piezas que dejé sin leer porque entre la academia y las charlas vocacionales dejé el piano como última prioridad. He intentado digitarlas pero, como comprenderás, mi digitación es marciana y me toma más del tiempo normal.

Pero he vuelto, Gerardo…tal vez no como la pianista profesional que alguna vez quisimos que fuera, pero sí como tu alumna y la amiga que fui siempre. Y he vuelto para quedarme…gracias y buen viaje, maestro.

pd: Gracias mami por impulsarme a escribir este post. Tenías razón. Era necesario que lo escribiera para que el piano deje de sonar tan triste.

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