22/02/2010

Frentes pequeñas que no deberían sudar

“María” le pondré para los fines de este post. La conozco desde que yo era muy pequeñita, cuando en el 92 decidimos (bueno, mis padres decidieron) mudarnos a Magdalena. María, entre las 6 de la tarde y sabrá dios qué horas de la noche, tocaba una a una las ventanas de los autos que paraban en ese semáforo largo de la Av. Brasil con Javier Prado. Un semáforo que nunca era suficiente largo para ella. Sus ojitos siempre estaban cansados, pero aún así sonreía con un optimismo inexplicable cuando alguien se dignaba a abrir la ventana de su auto y regalarle tal vez los únicos centavos de esa noche. Luego, decidió vender alfajores. No los probé, debo admitir, pero vaya que le compré. De pronto, hace pocas semanas he empezado a extrañar esos ojos cansadamente optimistas. ¿Cómo no me di cuenta de que habían empezado a cansarse más que antes?

La historia de la inagotable María ha venido a mi cabeza como un triste recuerdo hoy en la mañana cuando el buen amigo Vicente me pasó una noticia que Gestión puso en portada la semana pasada: “Más de tres millones de adolescentes y niños ya trabajan en el país”. María no era ni adolescente ni niña y se podía ver en sus ojos, manos y cada una de las arrugas de su rostro que la vida que vivía le costaba a diario. El trabajo que desempeñaba, además, era lamentable. Sin embargo, imaginar a tres millones de niños entre los 5 y 17 años de edad trabajando, en cualquier rubro, me parece triste, me da lástima y me causa vergüenza. ¿Y después nos preguntamos por qué nuestros chicos no rinden en la evaluación PISA por ejemplo?

En la nota de Gestión podemos ver que el 59.1% trabaja en el sector agricultura, ganadería, caza y avicultura. El 19.8% trabaja en comercio, el 9.3% en hogares privados con servicio doméstico y el 8.8% en la industria manufacturera. Estas cifras golpean en la cara. ¡¿Cómo es posible que de los 7.95 millones de niños y adolescentes en el Perú (entre 5 y 17 años) un 42% (3.3 millones) realicen actividades económicas?!

Esta situación lamentable evidencia, como afirma Guillermo Dema, que debe haber una carencia de ingresos en los hogares y por ello los menores se ponen a trabajar. Lamentablemente, mientras más niños y adolescentes trabajen seguirá generándose pobreza pues Dema confirma que existe una correlación entre el trabajo infantil la generación de pobres. Sin embargo, cuando la pregunta es ¿cómo cuernos logramos llenar la canasta familiar? el panorama resulta desolador y los sacrificados son quienes no debieran verse en la obligación de postergar sus estudios y su etapa de niñez y adolescencia para llenar vacíos.

Hay otro dato interesantemente triste. Hace poco hablé con otra “María”, esta vez una persona que conozco más de cerca pues trabajó en mi casa durante varios años. Cuando me enteré de que su hija (menor de edad) estaba trabajando le lancé la pregunta: María, ¿por qué no priorizan, tú esposo y tú, que tu hija estudie? Su respuesta fue contundente: Con la pésima educación que hay, aún si estudiara no lograría nada.

La segunda María en esta historia tiene la mitad de la razón. ¿Cómo es eso? Ocurre que es cierto que la educación pública es, en buena cuenta, una calamidad. No solo se permite que profesores con procesos judiciales abiertos, o simplemente mediocres sigan sosteniendo, sin derecho, una tiza entre sus dedos, sino que además, no se dan abasto al interior del país cuando un solo docente enseña primer, segundo, tercer y cuarto grado. Por otro lado, este gobierno no ha logrado tender puentes con quienes deberían ser sus principales aliados: los maestros. Antes del diálogo, ha habido enfrentamiento, antes de respeto, adjetivos (des)calificativos, antes del cumplimiento del Proyecto Educativo Nacional (¡¡¿hasta cuándo seguirá postergado?!!) ha habido medidas improvisadas y desarticuladas.

Sin embargo, esta segunda María se equivoca en un aspecto importante. Los niños y adolescentes tienen DERECHO (ojo, no es un caprichito) a estudiar y más allá de las materias particulares que se desarrollen en el aula, la experiencia en el colegio permite que los estudiantes aprendan a convivir, aprendan a aprender, aprendan a ser, etc. Entonces, con todo y el penoso escenario educativo que tenemos, ¿acaso es mejor que los niños y adolescentes peruanos trabajen? No. Tienen el derecho a estudiar y merecen estudiar.

Las cifras presentadas en Gestión son alarmantes, pero más allá de la crudeza de los porcentajes es necesario que se ponga urgencia a cambiar esta realidad. A quienes han llegado hasta este último párrafo del post les pido que se pregunten ¿qué hacían cuando tenían 5, 10 ó 15 años? Imaginen la realidad de estos tres millones de peruanos menores de edad que no pueden darse el lujo de preguntarse qué quieren o qué merecen, sino que se ven obligados a trabajar para poder llegar a casa y sentir que contribuyeron al almuerzo del día siguiente. Triste.

6 comentarios:

Miguel Figallo dijo...

En líneas generales de acuerdo. Pero creo que hay que tener algunos puntos/preguntas a considerar o para hacernos pensar:
¿Qué pasa en zonas rurales? El trabajo de los niños y adolescentes en actividades agropecuarias es cosa de la vida diaria...¿Está mal eso?
El acceso a la educación primaria supera el 90% de niños en edad escolar y el de la secundaria, el 80% ¿Cómo se correlaciona este aspecto con el trabajo infantil?
Cierto que podrán tener menor rendimiento, pero dada la calidad de la educación y la vida ¿Cuál es el costo de oportunidad? ¿No comer?
Tenemos que afrontar el problema del trabajo infantil, pero el asunto no es tan simple....

Vicente Sotelo dijo...

Luego de leer el post, he tenido esa sensación en la que se te escarapela la piel, luego botas el aire lentamente por la boca y acto reflejo sientes una muy profunda indignación.

Dérmico post!
Muy bueno!

Solo una frase del "Che":
"Seamos realistas, exigamos lo imposible"

Vicente Sotelo dijo...

Ya que normativamente hay consenso con respecto al tema del trabajo infantil, pasemos la página y veámos el campo positivo que propone Miguel con sus preguntas.

Si bien no es mi especialidad el tema laboral ni educativo en el campo económico. Dejare algunas nueces de opinión.

Efectivamente, el trabajo infantil en zonas rurales merecen un tratamiento aparte. Es indudable que la lógica de las relaciones sociales en zonas rurales son disimiles a las citadinas.

La idea de la solidaridad familiar es muy fuerte y el trabajo infantil esta muy vinculado a la cultura y tradicion.Por lo que nuestra sesgada vision citadina queda miope.En todo caso me deja una autocritica. Hay que viajar, convivir, conocer un poco más, y asi complementar nuestras permanentes exegesis a encuestas.

En el campo educativo, justamente buscaria un tratamiento diferenciado entre la zona rural y urbana.

Los porcentajes de acceso a educación primaria y secundaria para la zona rural y urbana presumo deben ser diferentes -no tengo el dato a la mano-.

En ese sentido, creo que el problema de fondo aqui es el enfoque del sistema educativo que muchas veces no reconoce la heterogeneidad cultural de nuestro pais.Es decir, que muchas de las cosas que les son enseñadas a los niños en los colegios, luego no pueden ser aplicadas a su vida cotidiana en el campo.

De esta forma, mayor acceso a la educación no implica un efectivo incremento del capital humano, por lo que el costo de oportunidad de asitir al colegio es -efectivamante- elevadisimo.

Concuerdo con Miguel con respecto a que el tema no es simple, pero justamente por eso hay que tenerlo sobre el tapete.

Saludos..

carlintovar dijo...

Dar limosna a un niño es un error. Si te fijas bien, en las esquinas donde hay niños que venden golosinas o piden limosna, siempre hay una mujer (o varias) sentadas por ahí cerca, que los organizan y los explotan. Se pasan el día sentadas mientras los niños trabajan. También es un error dar limosna a las que cargan bebitos, porque esos bebés son alquilados.
¿Por qué están trabajando esos niõs? Por una sencilla razón de oferta y demanda: la gente se conmueve más con los niños que piden limosna que con los adultos. Lo que significa que los niños consiguen más limosna que los adultos. Dando limosna a los ni˜õs nbo estamos haciendo otra cosa que condenarlos a trabajar. Si el padre o la madre salen a pedir limosna y obtiene npoco, y al día siguientte envían a sus hijos a pedirla, y estos obtiene mucho más, la conclusión de esos padres es obvia: hay que enviar a los niños a pedir.
¡No des limosnas a niños!. Da limosna solamente a quienes portan alcancías de instituciones conocidas, que se sabe que hacen un trabajo efectivo para los pobres (como Remar, Cáritas, Centro Victoria, etc.)

sdlkfjdslakj dijo...

De acuerdo con Figallo.

Laura Arroyo Gárate dijo...

Hola a todos.

Miguel: Cierto, caben todas las preguntas. Ahora bien, me inclino a la idea de que la educación debe ser diferenciada en vista de la pluralidad al interior. En ese sentido, si el trabajo infantil se enmarcara en una visión y desarrollo particular de la educación en la zona, me parece distinto. Ese no es el caso. Pero valen las preguntas.

Ahora bien, vale revisar, en el cuadro de Gestión, el porcentaje de trabajadores urbanos que los hay.


Vicente: de acuerdo. Totalmente, de acuerdo. El tema es educativo.

Carlín: cierto. Es un terrible vicio el que ocurre en las esquinas y semáforos de la ciudad. Sin embargo, uno no puede evitar que se le parta el alma. Gracias por la precisión.

Gracias por los comentarios.