domingo 13 de abril de 2008

Perú(es)


El viernes pasado fui con unos amigos a ver la obra de teatro “Jardín de Pulpos”, una obra de Arístides Vargas, protagonizada por el Grupo de Arte Escénico de la Universidad del Pacífico.

La puesta en escena resultó particularmente interesante pues conjugó una serie de elementos que despiertan el interés del espectador no solo en el pasado del personaje principal (José), sino también por el pasado que tenemos como país.

Uno nunca debe dejar de recordar el pasado que compartimos pues, aunque a veces duela, es la única forma de crear nación. En ese sentido, el ejercitar la memoria resulta fundamental. Esta palabra ha sido utilizada muchas veces a lo largo de estos últimos años y ello tiene que ver, directamente, con el período de conflicto interno que vivimos en el país, hace no tanto.

El ejercicio por hacer memoria resulta fundamental ya que nuestro contexto lo amerita. Olvidar no solo el período de conflicto, sino además las causas que lo originaron, la cantidad de vidas perdidas en dichos años y a los más afectados, sería ignorar un período de nuestro pasado que, resulta indispensable tener al frente si lo que se desea es construir nación.

La semana pasada discutía con algunos alumnos de CCPP en la PUCP, algunas ideas de Carl Shmitt. Hubo opiniones encontradas respecto a la inexistencia (o necesaria inexistencia) de principios universales, respecto a la concepción de política como coerción, respecto a la importancia del reconocimiento de un “rival justo”, etc.; pero cuando quisimos aterrizar el texto en nuestro contexto y tratar de analizar el conflicto interno, nos dimos con el hecho de que Schmitt se refiere a problemas entre estados-nación con otros estados-nación y no conflictos internos puesto que asume, desde el inicio, que un rasgo natural del ser humano es reconocerse como parte de un grupo o colectividad y defender los derechos de la misma; osea, reconocer como enemigo a quien atente contra los intereses de su grupo (país).

Luego de discutir algo más, llegamos a la conclusión de que el Perú no podría ser concebido como un “estado-nación” para Schmitt y, sin duda alguna, eso de reconocerse como parte de una colectividad, en el caso peruano resultaba muy relativo. Ocurre que en contextos tan pluriculturales como el nuestro (y otros países, sin duda alguna) eso de reconocerse como parte de un grupo resulta bastante complicado.

El período de conflicto interno nos recordó, justamente, que esa colectividad llamada Perú no existía realmente. Para no ir más lejos, las elecciones del 2006 también indicaron que, en buena cuenta, eso de “un solo Perú” es un bonito discurso pero nada más.

No podemos hablar de un país integrado cuando representantes políticos importantes como un ex premie, ministros o candidatos presidenciales se permiten comentarios del tipo “en la sierra el nivel de IQ es menor”, “las llamas y las alpacas no deberían votar”, entre otras perlitas igual de absurdas. De hecho, copio esta idea de Rolando Ames quien mencionó en una clase que, dichas afirmaciones resultaban más provocadoras que el discurso de Ollanta Humala. Y tiene razón.

Entonces, ¿de qué Perú estamos hablando?

Por ello no resulta tan tirado de los pelos cuando algunas personas afirman que en realidad, lo que hay en nuestro país son muchos “Perúes”. Ahora bien, aquí cabría hacer una precisión. Sí podríamos conformar una colectividad fuerte y con identidad pues tenemos muchas cosas en común. El detalle está en el cómo.

El ejercicio de la memoria resulta fundamental para esto, sin duda. Por otro lado, cabe resaltar (y con varios colores) el hecho de que no se trata de asimilar a las diversas culturas que conviven en nuestro país, en la cultura de poder. No debemos confundir integración con asimilación. Hace unos meses mencioné, en este espacio, la importancia de terminar con el “Nos- OTROS” si deseamos construir un país.

La obra teatral mencionada al inicio, realiza un simpático ejercicio de memoria que de algún modo, cada peruano debería realizar. No olvidemos que realizando este ejercicio no solo nos toparemos con recuerdos tristes, sino además con muchos que pueden brindar esperanza respecto a lo que podemos como país. Solo recordando notaremos que compartiremos un pasado que, con sus altos y bajos, es de todos los peruanos.

La pregunta es, ¿qué estamos esperando?

3 comentarios:

Daniel Salas dijo...

Cada vez que alguien habla del Estado-nación me hago una pregunta muy simple que espero que alguien, alguna vez, respoda: ¿Para qué queremos un Estado-nación? Ya el Estado me parece demasiado (por mí, que desaparezca). Olvidémonos de ese falso problema, en serio.

Mariale Campos dijo...

en nombre de la pluralidad democratica, te respondo: el estado sin nacion no tiene sentido. tengamos en cuenta que el estado tiene autoridad dentro de un territorio determinado, denominado pais. en teoria son los ciudadanos de este pais los que le dan sentido al estado (sin ciudadanos a quien gobernar no tendria mucha logica). ¿como podria legitimarse el estado si los ciudadanos no se sienten parte del pais al que este representa? la nacion es, al fin y al cabo, el sentimiento de identidad de un pais. es necesario crear nacion para sostener un estado democratico.
ya si no crees que el estado es necesario, bueno digamos que discrepo. creo q en eso si tiene razon hobbes...

Daniel Salas dijo...

La idea de nación es conservadora. Supone que un grupo de personas, arbitrariamente delimitadas dentro de un territorio, tienen que identificarse entre sí, poseer valores, principios, rasgos de cualquier tipo que los unan. La "nación" es un imaginario conveniente para quienes buscan destruir las identidades particulares: es un ideal criollo que heredamos del siglo XIX. No es un concepto necesario para quien piensa desde la libertad: cada comunidad debe ser como sus integrantes desean que sea. No hay que imponer ni la educación única, ni la lengua nacional, ni la religión oficial. El Estado basta y sobra (en realidad, normalmente sobra). Saludos.