Hace algunos días conversaba con una buena amiga sobre esta percepción ciudadana acerca de la incongruencia entre democracia y capacidad de resolver grandes problemas nacionales. Resulta triste, sin embargo, esa percepción respecto de la debilidad de nuestra democracia se extiende cada vez más.
Podemos tener muchos y muy bien elaborados discursos sobre la importancia de la defensa de los Derechos Humanos, por ejemplo; sin embargo, de nada sirve siempre que la ciudadanía siga creyendo que para acabar con el caos en determinado espacio, primero hay que poner mano dura y dicha mano dura no puede ser democrática y no puede detenerse a pensar en los DDHH de los ciudadanos.
Estas reflexiones, algo difusas, vienen a mi cabeza de cuando en cuando y hoy, recién las plasmo en papel (o post) mientras espero los resultados del referéndum en Venezuela. Lo cierto es que las probabilidades del “sí” son altas y antes que preguntarse sobre las consecuencias de esto, habría que detenerse a evaluar sobre las razones que tienen aquellos que votan por este “sí”.
Hugo Chávez ha protagonizado políticas nuevas en nuestro escenario. Queda la impresión de que, por un lado es un irreverente, un mandatario anti-protocolos, un intruso en políticas de otros países, etc. Sin embargo, también queda otra impresión poco examinada, que es la de Hugo Chávez como quien logró, nos guste o no, hacerle frente a las políticas hegemónicas como la norteamericana.
Existe una percepción generalizada que indica que quien no se enfrente con esta dosis de “chavismo” no podrá lograr, lo quiera o no, algún protagonismo. Se extiende el rumor de que: quien no lo hace a lo Chávez, no lo hace.
De más está decir que mi cercanía con Chávez es nula. De hecho, podría enfrascarme en largos párrafos criticando sus políticas tanto externas como internas, sin embargo, ello no viene al caso. El meollo de este artículo es esta suerte de “debilidad” que se le adjudica a nuestras democracias últimamente y habría que ver qué tan injustificada resulta esta percepción.
Recordemos por ejemplo, con fines ilustrativos, el argumento defensor más fuerte del fujimorismo: Alberto Fujimori acabó con el terrorismo.
Podríamos, qué duda cabe, iniciar todo un debate acerca de la veracidad de dicho supuesto; sin embargo, lo que no deja de llamar la atención es el que se le reconozca ello como galardón máximo antes que una reprimenda por su condición de presidente dictador o por la violación sistemática a los Derechos Humanos de muchos peruanos. Una vez más, nos encontramos ante un caso de prioridades en percepción ciudadana que valdría la pena analizar con detenimiento.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestros derechos fundamentales por el orden? ¿Hasta qué puntos mantenemos esta idea errónea respecto a la imposibilidad de conjugar orden y democracia? Ojo con eso.
Chávez, por ello, mantiene la aprobación que tiene. El imaginario social, lo sigue construyendo como un gobernante fuerte capaz de hacerle frente al mismísimo Dios; y por ello los aplausos no cesan (aunque se reduzcan) y los derechos fundamentales siguen, cada día, siendo relegados y casi exterminados.
En el contexto peruano, podemos añadir otras variables.
Uno de los derechos ciudadanos es elegir a sus representantes y, ciertamente, el alcalde de Limas Metropolitana ha sido electo por la mayoría (una mayoría en la cual no me incluyo); ahora bien, su actuación de irresponsable silencio, ¿no resulta también condenable? Debiera serlo.
Tal vez, la única forma de sancionarlo sería una medida que surja de la sociedad civil; pero, mientras que su índice de aprobación siga siendo tan alto no podemos decir que estamos evidenciando nuestro descontento, lo cual nos lleva a otra pregunta ¿es NUESTRO el descontento?
¿Hasta qué punto basta con hacer obras, o piletas surrealistas y con sendos índices de corrupción, para estar contentos con su gestión? No basta. Es preciso que el Alcalde note que el descontento hacia su gestión existe y se plasma en la aprobación que recibe. El Alcalde de Lima aún puede reivindicar su imagen y hacerse merecedor de la aprobación que ostenta.
--
Pero bueno, las “democracias” débiles siguen a la orden del día. El descontento se apodera de los ciudadanos y, pese a que sienten que durante las elecciones toman parte en las grandes decisiones, luego reducen su participación a la pasividad de quien lee los periódicos o mira los noticiosos; en esa suerte de conjugación verbal que reza “yo participo, tú participas, nosotros participamos, ustedes participan, ellos deciden”.
Las democracias en América Latina deben reevaluar esta participación ciudadana. El Perú, por ejemplo, tuvo una oportunidad en la última consulta vecinal realizada en la sierra piurana a raíz del asunto de la empresa minera MAJAZ. ¿Le sacó provecho? No. ¿Qué tipo de participación se propicia cuando de arranque, el Presidente califica a todos los que se encuentren de la empresa minera de comunistas anti-desarrollo y ahora “perros del hortelano”? ¿Cómo se fortalece una democracia sin ciudadanos? Imposible.
Es preciso que reconstruyamos nuestra idea de democracia y la veamos como una posibilidad real de articular gobiernos y dirigir una sociedad. Creo firmemente en que el gobierno democrático no solo conduce a soluciones firmes y metas claras, sino que, en el camino vela por los derechos fundamentales de todos aquellos que creen en ella. Mientras tanto, seguiré esperando los resultados en Venezuela, país que espero pueda empezar a girar hacia el camino democrático que durante años, les sigue siendo lejano.
Podemos tener muchos y muy bien elaborados discursos sobre la importancia de la defensa de los Derechos Humanos, por ejemplo; sin embargo, de nada sirve siempre que la ciudadanía siga creyendo que para acabar con el caos en determinado espacio, primero hay que poner mano dura y dicha mano dura no puede ser democrática y no puede detenerse a pensar en los DDHH de los ciudadanos.
Estas reflexiones, algo difusas, vienen a mi cabeza de cuando en cuando y hoy, recién las plasmo en papel (o post) mientras espero los resultados del referéndum en Venezuela. Lo cierto es que las probabilidades del “sí” son altas y antes que preguntarse sobre las consecuencias de esto, habría que detenerse a evaluar sobre las razones que tienen aquellos que votan por este “sí”.
Hugo Chávez ha protagonizado políticas nuevas en nuestro escenario. Queda la impresión de que, por un lado es un irreverente, un mandatario anti-protocolos, un intruso en políticas de otros países, etc. Sin embargo, también queda otra impresión poco examinada, que es la de Hugo Chávez como quien logró, nos guste o no, hacerle frente a las políticas hegemónicas como la norteamericana.
Existe una percepción generalizada que indica que quien no se enfrente con esta dosis de “chavismo” no podrá lograr, lo quiera o no, algún protagonismo. Se extiende el rumor de que: quien no lo hace a lo Chávez, no lo hace.
De más está decir que mi cercanía con Chávez es nula. De hecho, podría enfrascarme en largos párrafos criticando sus políticas tanto externas como internas, sin embargo, ello no viene al caso. El meollo de este artículo es esta suerte de “debilidad” que se le adjudica a nuestras democracias últimamente y habría que ver qué tan injustificada resulta esta percepción.
Recordemos por ejemplo, con fines ilustrativos, el argumento defensor más fuerte del fujimorismo: Alberto Fujimori acabó con el terrorismo.
Podríamos, qué duda cabe, iniciar todo un debate acerca de la veracidad de dicho supuesto; sin embargo, lo que no deja de llamar la atención es el que se le reconozca ello como galardón máximo antes que una reprimenda por su condición de presidente dictador o por la violación sistemática a los Derechos Humanos de muchos peruanos. Una vez más, nos encontramos ante un caso de prioridades en percepción ciudadana que valdría la pena analizar con detenimiento.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestros derechos fundamentales por el orden? ¿Hasta qué puntos mantenemos esta idea errónea respecto a la imposibilidad de conjugar orden y democracia? Ojo con eso.
Chávez, por ello, mantiene la aprobación que tiene. El imaginario social, lo sigue construyendo como un gobernante fuerte capaz de hacerle frente al mismísimo Dios; y por ello los aplausos no cesan (aunque se reduzcan) y los derechos fundamentales siguen, cada día, siendo relegados y casi exterminados.
En el contexto peruano, podemos añadir otras variables.
Uno de los derechos ciudadanos es elegir a sus representantes y, ciertamente, el alcalde de Limas Metropolitana ha sido electo por la mayoría (una mayoría en la cual no me incluyo); ahora bien, su actuación de irresponsable silencio, ¿no resulta también condenable? Debiera serlo.
Tal vez, la única forma de sancionarlo sería una medida que surja de la sociedad civil; pero, mientras que su índice de aprobación siga siendo tan alto no podemos decir que estamos evidenciando nuestro descontento, lo cual nos lleva a otra pregunta ¿es NUESTRO el descontento?
¿Hasta qué punto basta con hacer obras, o piletas surrealistas y con sendos índices de corrupción, para estar contentos con su gestión? No basta. Es preciso que el Alcalde note que el descontento hacia su gestión existe y se plasma en la aprobación que recibe. El Alcalde de Lima aún puede reivindicar su imagen y hacerse merecedor de la aprobación que ostenta.
--
Pero bueno, las “democracias” débiles siguen a la orden del día. El descontento se apodera de los ciudadanos y, pese a que sienten que durante las elecciones toman parte en las grandes decisiones, luego reducen su participación a la pasividad de quien lee los periódicos o mira los noticiosos; en esa suerte de conjugación verbal que reza “yo participo, tú participas, nosotros participamos, ustedes participan, ellos deciden”.
Las democracias en América Latina deben reevaluar esta participación ciudadana. El Perú, por ejemplo, tuvo una oportunidad en la última consulta vecinal realizada en la sierra piurana a raíz del asunto de la empresa minera MAJAZ. ¿Le sacó provecho? No. ¿Qué tipo de participación se propicia cuando de arranque, el Presidente califica a todos los que se encuentren de la empresa minera de comunistas anti-desarrollo y ahora “perros del hortelano”? ¿Cómo se fortalece una democracia sin ciudadanos? Imposible.
Es preciso que reconstruyamos nuestra idea de democracia y la veamos como una posibilidad real de articular gobiernos y dirigir una sociedad. Creo firmemente en que el gobierno democrático no solo conduce a soluciones firmes y metas claras, sino que, en el camino vela por los derechos fundamentales de todos aquellos que creen en ella. Mientras tanto, seguiré esperando los resultados en Venezuela, país que espero pueda empezar a girar hacia el camino democrático que durante años, les sigue siendo lejano.




4 comentarios:
Para la hora en que escribo este comentario, todavía espero los resultados en Venezuela. Todo hace prever que serán apretados. Espero que sean los mejores para la democracia venezolana y no para el afianzamiento de una dictadura.
Sobre el tema de tu post déjame contarte una experiencia que tuve esta tarde. Un buen amigo mio, al que conozco desde hace años, cree en las dictaduras y no cree que un pais como el Perú "esté preparado" para una democracia. A raiz de mi post sobre la PUCP, este amigo me preguntaba porque "desperdiciaba el tiempo" en tocar temas como los derechos humanos eran poca cosa y no le importaban a nadie. Como comprenderás, mis ánimos de no ceder se intensificaron y terminamos en una esgrima verbal sobre porque Fujimori habia hecho un desastre de gobierno (en mi opinion) y porque era un salvador de la patria para el.
De la discusión (que acabó bien, como suele ocurrir entre nosotros) creo que puedo sacar algunas conclusiones:
1. Mientras no tengas un Estado que no pueda cubrir los servicios básicos, tienes el terreno de cultivo para que cualquier líder carismático se haga de los votos prometiendo cambiar dicha situación. Ese lider puede ser meridianamente democratico (caso Alan) o un dictador (como Fujimori).
2. Seguimos pensando que el factor orden es mas importante que la construccion de consensos.
3. El reto de los gobiernos democráticos es resolver problemas materiales y concretos de la población. Y, ademas, construir partidos en los que se canalicen dichas demandas.
4. Y de nuestra parte, quizas debieramos dejar de ver el voto como una mera delegación. La fiscalización de nuestras autoridades, comenzando por las municipales, es uno de los retos que tenemos. Ciertamente, ello es dificil de hacer en un país como tantas carencias y exclusiones como el nuestro. Pero ello no puede ser excusa para no hacerlo.
5. Ningun país estuvo "preparado" para la democracia. Simplemente fueron construyendo instituciones en la medida que la continuidad de gobiernos democráticos lo permitió. A esa continuidad hay que añadirle contenido social para que el 2011 no volvamos a cometer el mismo suicidio colectivo que en 1990.
Ah, me olvidaba, quedó bien el resaltado del titulo y el color de la letra.
(Este comentario lo puedes omitir, es percepcion personal sobre el blog).
Gracias por el comentario José Alejandro. Un punto que has mencionado es el que me parece más importante "ningún país estuvo preparado para una democracia": ¡EXACTO! Aún no entiendo a quienes piensan que se trata de esperar determinado escenario cuando este se construye por motivaciones varias, pero por sus ciudadanos y representantes.
A raíz de ello me pregunto aquello que muchos me responden cuando planteo lo del voto facultativo: ¿acaso estamos preparados para el voto facultativo?
Es el mismo punto, se trata de formarnos una sana costumbre y no relegarla por temores que nunca encontrarán salida si la postura es esperar a estar "preparados".
es que estamos muy acostumbrados a las democracia "fetiche", la de "las mayorias mandan", o del "bienestar social" a corto plazo. casi nadie la entiende como un proceso con un importante y sustancial correlato económico. Desgraciadamente la suelen vender como una utopia inmediatista más.
Mientras así la imaginen y ofrezcan, lo que tendremos no sera mas que intentos, mas o menos exitosos. Y, obviamente, nadie estará preparado para eso.
Publicar un comentario en la entrada