El silencio irresponsable de aquellos que representan a los peruanos debería ser condenado socialmente. En una elección, delegamos nuestra voz en nuestros representantes y por ello, es preciso que los que ocupan los cargos representativos cumplan con el rol encomendado. Es el colmo que aquellos que deben llevar nuestra voz a los distintos foros decidan callarse.
No es la primera vez que me quejo del silencio de Luis Castañeda Lossio y, por lo que veo, no será la última; sin embargo, a veces indigna más que su irresponsable pasividad el premio que recibe con los índices de aprobación que mantiene en las encuestas. Este aspecto nos lleva a reflexionar un poco sobre la percepción y actitud ciudadana respecto a sus representantes y, desde luego, dicha reflexión nos conduce por caminos preocupantes en muchos casos y en este en particular.
Nos hemos (mal) acostumbrado a una serie de prácticas negativas por parte de nuestros representantes. De un buen tiempo a esta parte, la razón por la cual reconocemos los nombres y caras de quienes ocupan cargos públicos tiene relación con cuántos actos corruptos han cometido o cuántas sospechas caen sobre ellos; claro que existen excepciones, pero son las menos.
Por otro lado, la actitud de creciente fiscalización que han adoptado los medios de comunicación contribuye a que esto sea de esta manera. En buena cuenta, resulta positivo porque la ciudadanía no está aletargada respecto de las malas acciones de sus representantes y por ello, el caso de Castañeda resulta particular. ¿Es que acaso existe una preferencia ciudadana por el perfil bajo?
Lo cierto es que el dicho “el que calla otorga” no parece tener mucha validez en este caso. De ser así, mucho reconocerían en Castañeda al responsable directo de las irregularidades ocurridas durante su gestión puesto que, además del hecho de ser el responsable político, al no decir nada (especialidad que maneja con destreza) estaría asumiendo su responsabilidad. Sin embargo, ocurre lo contrario.
El alcalde calla y su aprobación se mantiene, por ello lo comparo con un corcho en el agua, solo flota.
Ahora bien, el detalle está en que no podemos seguir premiando a quienes no ejercen su función a plenitud. Se han realizado obras municipales interesantes y ello no puede negarse, lo que se reclama es el hecho de que cuando las papas queman nos damos cuenta de que no tenemos alcalde. ¿Estrategia o cobardía? A lo mejor hay de ambas pero, en todo caso, la estrategia hasta ahora parece funcionarle bien.
El reciente incendio ocurrido en Mesa Redonda, el caso del mercado de Santa Anita algunos meses atrás, las irregularidades en la construcción de las piletas “surrealistas” en el Centro de Lima e incluso la construcción de hospitales de la solidaridad cuya intención primaria es positiva, pero que utiliza los impuestos de los ciudadanos para publicitar a su partido político, son hechos ante los cuales solo escuchamos el sonido del silencio. No resulta ni lógico ni justo que no se pidan mayores explicaciones al alcalde de Lima y se le premie con una aprobación ciudadana que cualquier congresista o ministro pagaría por tener (uy, mejor no les demos ideas).
Por lo pronto, yo sigo buscando un Alcalde que asuma con responsabilidad el cargo que ostenta. Busco una persona que además de capaz, sea íntegra y responda en las buenas y, sobre todo, en las malas. Busco a una persona honesta que no trate de beneficiarse ni a sí mismo ni a su partido de manera vergonzosa y fresca. Busco, en realidad, un buen alcalde, pero debería ir buscando un banquito para no cansarme porque, por lo pronto, solo tengo a Marco Parra quien actúa como una especie de “lazarillo de mudos” aunque, por cierto, Castañeda tiene de mudo lo que yo de aprista así que no nos venga con cuentos.
No es la primera vez que me quejo del silencio de Luis Castañeda Lossio y, por lo que veo, no será la última; sin embargo, a veces indigna más que su irresponsable pasividad el premio que recibe con los índices de aprobación que mantiene en las encuestas. Este aspecto nos lleva a reflexionar un poco sobre la percepción y actitud ciudadana respecto a sus representantes y, desde luego, dicha reflexión nos conduce por caminos preocupantes en muchos casos y en este en particular.
Nos hemos (mal) acostumbrado a una serie de prácticas negativas por parte de nuestros representantes. De un buen tiempo a esta parte, la razón por la cual reconocemos los nombres y caras de quienes ocupan cargos públicos tiene relación con cuántos actos corruptos han cometido o cuántas sospechas caen sobre ellos; claro que existen excepciones, pero son las menos.
Por otro lado, la actitud de creciente fiscalización que han adoptado los medios de comunicación contribuye a que esto sea de esta manera. En buena cuenta, resulta positivo porque la ciudadanía no está aletargada respecto de las malas acciones de sus representantes y por ello, el caso de Castañeda resulta particular. ¿Es que acaso existe una preferencia ciudadana por el perfil bajo?
Lo cierto es que el dicho “el que calla otorga” no parece tener mucha validez en este caso. De ser así, mucho reconocerían en Castañeda al responsable directo de las irregularidades ocurridas durante su gestión puesto que, además del hecho de ser el responsable político, al no decir nada (especialidad que maneja con destreza) estaría asumiendo su responsabilidad. Sin embargo, ocurre lo contrario.
El alcalde calla y su aprobación se mantiene, por ello lo comparo con un corcho en el agua, solo flota.
Ahora bien, el detalle está en que no podemos seguir premiando a quienes no ejercen su función a plenitud. Se han realizado obras municipales interesantes y ello no puede negarse, lo que se reclama es el hecho de que cuando las papas queman nos damos cuenta de que no tenemos alcalde. ¿Estrategia o cobardía? A lo mejor hay de ambas pero, en todo caso, la estrategia hasta ahora parece funcionarle bien.
El reciente incendio ocurrido en Mesa Redonda, el caso del mercado de Santa Anita algunos meses atrás, las irregularidades en la construcción de las piletas “surrealistas” en el Centro de Lima e incluso la construcción de hospitales de la solidaridad cuya intención primaria es positiva, pero que utiliza los impuestos de los ciudadanos para publicitar a su partido político, son hechos ante los cuales solo escuchamos el sonido del silencio. No resulta ni lógico ni justo que no se pidan mayores explicaciones al alcalde de Lima y se le premie con una aprobación ciudadana que cualquier congresista o ministro pagaría por tener (uy, mejor no les demos ideas).
Por lo pronto, yo sigo buscando un Alcalde que asuma con responsabilidad el cargo que ostenta. Busco una persona que además de capaz, sea íntegra y responda en las buenas y, sobre todo, en las malas. Busco a una persona honesta que no trate de beneficiarse ni a sí mismo ni a su partido de manera vergonzosa y fresca. Busco, en realidad, un buen alcalde, pero debería ir buscando un banquito para no cansarme porque, por lo pronto, solo tengo a Marco Parra quien actúa como una especie de “lazarillo de mudos” aunque, por cierto, Castañeda tiene de mudo lo que yo de aprista así que no nos venga con cuentos.




1 comentarios:
Hola, reviso tu blog seguido, me parece interesante, y por lo general sensato.
Creo que en este caso te equivocas, no veo algo negativo en el evitar dar declaraciones y participar del "circo" político.
Creo que la percepción de la población es buena por que el alcalde es percibido como quien trabaja y no "juega" como los demás, no es un "payaso" sino un obrero.
Ahora, esto es claramente una estrategia, su mutismo es su manera de "jugar", quizá no sea un "payaso" como los demás políticos y hace más bien de "mimo".
Así que creo que participa de esa forma. En lo que no estoy de acuerdo es porqué eso tendría que ser malo. Si estamos acostumbrados a políticos rimbombantes e ineficaces, ¿por qué no un discreto eficaz?.
No afirmo que el alcalde lo sea, creo que ha hecho cosas buenas pero supongo también muchas malas (no tengo tu capacidad de análisis) pero espero que entiendas mi punto. Yo prefiero políticos discretos que no los grandes oradores.´¿Qué piensas?
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