04/02/2013

Un voto pragmático


Digamos que no te gusta Susana Villarán. Digamos que no votaste por ella en el 2010 y que estás seguro de que en cualquier contexto preferirías votar por su contrincante. Es más, digamos que admites que tu rollo contra ella es personal, completamente emocional, casi irracional pero no por ello menos válido.

Digamos que perteneces al grupo de los que creen que esta alcaldesa no ha hecho absolutamente nada por la ciudad. Que es puro floro. Puede que me parezca mezquino pero, vamos, ¿quién soy yo para juzgar tus opiniones? Entonces, nadita. Villarán, a quien rotulas de “vaga”, “pituca”, “florera”, etc. no ha hecho absolutamente nada, según tú.

Digamos que eres simpatizantes de Castañeda y, a diferencia de varios, no tienes el menor problema con admitirlo en voz alta. Te respeto. Crees firmemente que al margen de la corrupción, el robo o lo que fuere, lo más importante es que se haga obra.

Digamos que detestas con todo tu ser a la izquierda y cualquier cosa que se le acerque. Que los derechos humanos, en serio, no te parecen tan importantes y que crees que la Comisión de la Verdad miente con sus cifras. Digamos que estás convencido de que Alberto Fujimori no merece la condena que cumple  y que, es más, crees que es, al fin y al cabo, el mejor presidente del Perú pues “derrotó” al terrorismo.

Digamos que no te interesa la política. Que te parece cochina, mentirosa y deshonesta. Que para ti TODOS los políticos son un asco y que prefieres pensar y discutir de cualquier otro tema antes que malograrte la sangre hablando de coyuntura o, peor aún, arruinarte la mañana leyendo periódicos. Crees que acercarte a ellos es una pérdida total de tu tiempo pues las noticias sólo son de sangre, basura y, por si fuera poco, política. No gracias. Paso.

Y vives en Lima.

Tal vez quien lee se sienta identificado en uno o más de un escenario de los arriba planteados. Creo que si ese es el caso, algo de razón tienes. Todos ellos son válidos e imagino que tendrás razones más que suficientes para situarte en cualquiera. Creo también que si vives en Lima es probable que quieras lo mejor para tu ciudad y en consecuencia para ti. Ninguno de los escenarios anteriores excluye esa premisa. Finalmente, soy consciente de que lo que es “mejor” para ti, no será necesariamente lo que resulte “mejor” para mí. Por eso no me interesa argumentar mi opción para este 17 de marzo a partir de la defensa a la actual gestión o del insulto a quienes impulsan la revocatoria. No. Para qué. Ese es un método bastante usado y no te quiero aburrir (tan pronto). Lo que quiero es soltar una practicidad. Un detalle muy pragmático y muy simple.

Si estás en cualquiera de los escenarios anteriores y quieres lo mejor para tu ciudad, aun cuando odies a Susana Villarán, por la razón que sea, o si crees que no hace ni ha hecho absolutamente nada, o prefieres que regrese Castañeda a continuar, a su manera, las obras que hizo durante sus dos años como alcalde, o detestas con todo tu ser a la izquierda y por tanto a la actual alcaldesa, o simplemente no te importa la política y por eso decides, por ejemplo, viciar tu voto o simplemente pagar tu multa; te pregunto, por qué crees que el “sí” sería una mejor opción. Te lo pongo simple: Si para tiSusana Villarán es lo peor que le ha pasado a Lima y no hace nada, ni hará nada, ni logrará nada, ¿eres consciente de que aún su “nada” es más beneficioso para Lima (y para todos nosotros) que el cambio sucesivo de alcaldes que aún si quisieran hacer mucho, no lo lograrían pues no tendrían tiempo para ello? ¿Eres consciente de que aunque no te parezca suficiente, las reformas que se han iniciado podrían aunque sea avanzar (por no decir que podrían terminar) y, por tanto, en alguito, alguito, alguito (insertar todos los diminutivos que quieras aquí) sería mejor para nuestra ciudad frente al reinicio de obras, la nueva elaboración de estrategias, planes, estudios etc.? Estos, por cierto, tendrían que iniciarse en tiempo récord y, créeme, no lograrán avanzar mucho antes de que se convoque a elecciones, venga una nueva gestión y con ella, un nuevo equipo, nuevos planes, nuevas estrategias, etc. O sea, el “no se hace absolutamente nada” será una realidad flagrante.

Esta no es mi razón para marcar el “No”, pero es una razón que me pareció muy lógica. Como me dijo un querido amigo hace unos días: “lo poco o nada que haga Susana Villarán ahora, será siempre más de lo que podría hacer un sucesor. Yo voto “no” por eso. Y marcaré con ganas.” 
Razón no le falta.

18/01/2013

Lima: ¿horrible por siempre?


Aniversario de Lima y leo diversos textos que resaltan esta situación bipolar: por un lado, la descripción de Lima como una mescolanza insufrible y, por el otro, nuestra aparente imposibilidad de odiarla o, en todo caso, nuestra capacidad de amarla mientras la odiamos. Salazar Bondy la llamaba “Lima la horrible” y esa parece ser ahora una descripción compartida.

Ahora que la campaña por la revocatoria se ha puesto tan caliente como el verano que se augura este año, sobran los insultos, las estrategias turbias, las acusaciones infundadas, la difamación, etc. Sin embargo, típico de una campaña, la discusión se ha centrado en los personajes y las estrategias de campaña en lugar de hacerlo en la ciudad, en lo que le conviene, en lo que le falta o sobra, en lo que le urge, etc.

La columna de Juan Luis Orrego es precisa. En ella, Orrego indica que desde los años 50 Lima inició su mayor transformación producto de la migración interna: “Hoy, Lima es la síntesis del Perú, porque casi el 80% de sus habitantes son descendientes de los migrantes. Este cambio no ha sido ni para bien ni para mal. Es la Lima que tenemos. Es un cambio. Se da y hay que vivirlo.

En efecto, no encajan aquí las declaraciones absurdas de quienes creen que “los blanquitos” (¿?) no son limeños, o que existen “verdaderos limeños”, o que los “nuevos ricos” son menos idóneos para hablar de Lima, etc. Todas esas son pavadas. No sirve. Todo eso desune, separa, fragmenta. Estas afirmaciones nos distancian de ser vecinos de una ciudad.

“Vecinos”, sin embargo, parece una palabra ajena. ¿Cómo ser vecinos en una ciudad dónde no nos reconocemos? Hace mucho dejamos de ser (si alguna vez lo fuimos) una ciudad de vecinos  para ser una ciudad de individuos. Hace falta una visión integradora de la ciudad, que nos reencuentre. Una mirada que no priorice la infraestructura por sobre calidad de vida, que no disfrace de cemento lo que debiera ser urbanización, que no se contente con escaleras, sino con los espacios hacia donde estas conducen, que no se limite al tránsito, sino a los espacios de encuentro.

Hace años no tenemos “una” Lima, sino una conjunción de Limas distintas. Y eso no está mal. Es una característica. La visión de futuro de nuestra ciudad debe estar pensada en función de las limas que en ella coexisten. Tomando en cuenta, por ejemplo, la fuerza de los limeños migrantes y/o descendientes de migrantes que han hecho crecer las microempresas, a quienes muchos llaman  “emprendedores” (aunque el término no termine de gustarme). Pero no basta con el empuje personal, sino también con que se fomente el crecimiento formal de estos limeños trabajadores.

Hay que pensar también en las limas que crecen en la precariedad, que edifican sus viviendas en los espacios menos propicios. Hay que mirar a estos vecinos nuestros que viven con el riesgo de perderlo todo en un temblor, y ofrecerles la posibilidad de un barrio común, de una comunidad. Hay que pensar, también, en los vecinos que necesitan trasladarse a su centro de labores sobreviviendo a duras penas un tráfico desalmado, arriesgando sus vidas al abordar una combi, conteniendo la respiración cuando un conductor decide hacer una carrera con el otro y se zurran en la autoridad amparados en la mala costumbre de la coima.

Es necesario, también, que se planifiquen las obras y no se inauguren losas deportivas o pistas y veredas al dirigente local que gritó más fuerte. Ese modelo, muy de Castañeda por cierto, no conduce sino al clientelismo, al amiguismo y a la corrupción. Hay que expandir el alcance de los servicios de agua, luz, alcantarillado, etc. para todos, planificando al mediano y largo plazo, no pensando en las próximas elecciones, y beneficiando primero que nada a los limeños en condiciones de mayor pobreza.  

Los cambios, sin embargo, no son sencillos. Habrá siempre quien busque oponerse y quiera sabotear las reformas. Pero, ¿qué Lima queremos? ¿La que siga siendo “horrible”? Hay elaborado ya un Plan Regional de Desarrollo Concertado de Lima pensado hacia el 2025. En este plan se especifican una serie de ejes estratégicos que incluyen seguridad ciudadana, cuidado del medio ambiente, vivienda de calidad, espacios públicos, ciudad educadora e inclusiva, etc. Y algunos programas ahí señalados han iniciado con la actual gestión municipal. “Barrio mío”, por ejemplo, beneficiará en un año a 900 mil limeños y contempla, créanme, mucho más que un par de escaleras. La reforma del transporte ya ha sido iniciada, aunque a algunos no les guste, y nos beneficia a todos los limeños. Y estos son sólo los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza.

Puede no gustarte Susana Villarán, puede no gustarte su equipo, su manera de hablar, su corte de cabello, pero negar que hay un plan con visión a largo plazo para nuestra ciudad y que su gestión le ha dado inicio es una mentira. Negar que se está haciendo obra y que se está pensando en una ciudad de vecinos antes que en una de individuos es, nuevamente, falso. Puedes ser un gran defensor de las obras y el cemento, pero eso no basta para construir una ciudad de verdad, solo la edifica. La ciudad, finalmente, la construimos nosotros, los ciudadanos.

Lo que se juega el 17 de marzo en las urnas no es la permanencia de Villarán en el municipio o la victoria de Marco Tulio, Castañeda, García y compañía, sino el futuro de nuestra ciudad que, por culpa de esta campaña, está perdiendo ya 100 millones de soles (la tercera parte de lo que cuesta todo el proyecto “Barrio mío”, por ejemplo). La pregunta, entonces, no es si votarás por el “sí” o por el “no”, la pregunta es si votarás por la Lima que has tenido hasta ahora, o por la que quieres. ¿Tienes ya tu respuesta?

05/06/2012

La gran resurrección, ¿es posible?


Artículo publicado en http://spaciolibre.net

Ayer en la mañana la congresista Verónika Mendoza renunció a la bancada de Gana Perú, gesto que se esperaba de varios congresistas que durante las últimas semanas se habían atragantado de sapos luego de que el presidente al cual apoyaron, y apoyó una mayoría de peruanos el año pasado, renunciara “de facto” a su hoja de ruta.

A la renuncia de Mendoza le siguieron dos que estaban tan cantadas como postergadas: la de Javier Diez Canseco y la de Rosa Mavila. No es ilógico pensar que en los próximos días más personajes se sumen a esta ola que desnuda lo que se hacía obvio: a poco menos de once meses de asumido el gobierno, ya está desgastado.

Aunque Fredy Otárola, quien antes que vocero del oficialismo hace de líder de un optimismo ciego, busque negarlo haciendo uso de recursos discursivos tan falsos como “bancada sólida”, “radicalismo ético”, etc. para nadie, ni para el mismo presidente Humala, es ajena la necesidad de un reajuste (ojo, no reacomodo) en el gobierno. Porque una cosa es negarlo o cerrar la boca frente al problema, y otra es tragárselo. Dudo muchísimo que el presidente no se haya preguntado aunque sea por un minuto “¿lo estaré haciendo bien?” Dudo también que aunque parezca no importarle, las renuncias de hoy no le hagan algo de bulla.

Sin embargo, la convulsión de estos primeros meses ha sido tan fuerte que lo que necesita el gobierno de turno es una “Gran Resurrección”. Pero esto implica costos.

Como varios analistas coinciden en señalar, en el manejo (porque no se puede decir “resolución”) de los conflictos tanto en Cajamarca como en Espinar se ha visto una mano dura y represiva por parte del Estado que no sólo es peligrosa, sino que va in crescendo. Ollanta Humala podría optar por recrudecerla, pero ello implica un enorme costo para todos pues estaríamos hablando de un gobierno que saldría del cauce democrático para empezar a priorizar la violencia antes que el diálogo. Sin duda, más de un personaje en el gabinete ministerial aplaudiría esta opción. El país, sin embargo, sufriría las consecuencias de una polarización y lucha constante entre unos y otros. El problema es que cuando no se da prioridad al diálogo, la lucha entre partes sólo deja lugar al enfrentamiento entre la fuerza de unos y la fuerza de otros, y se dejan de lado las demandas de fondo. La palabra es silenciada a balazos.

La otra opción, sin embargo, es también costosa para el presidente, pero resulta más sensata al mediano plazo: volver los ojos hacia ciertos ex aliados. En la entrevista concedida a “Domingo”, el ex premier Siomi Lerner deslizó esta opción al señalar que algunos personajes de la derecha también estarían de acuerdo con el retorno de ciertos personajes de la izquierda. Con esa idea, Lerner le estaría dando a Humala el mensaje de que aún trayendo de regreso a los amigos, ahora alejados, de Ciudadanos por el cambio no perdería el apoyo de sus nuevos amiguitos de la derecha.

Pero, ¿qué implica este reajuste? Aceptar que se equivocó rotundamente al alejarse de estos amigos de campaña. De hecho, implica aceptar que se alejó diametralmente de quienes lo acompañaron en el momento en que el cargamontón mediático buscaba borrarlo de la escena electoral. Es más, implica también admitir que se apartó mucho del Humala candidato.

Sin embargo, ese costo es menor y a estas alturas parece hasta necesario. Han pasado poco menos de 11 meses y el desgaste del actual gobierno parece no tener precedentes. Los dos gabinetes ministeriales son sólo la punta del iceberg. La credibilidad y aprobación del mandatario son endebles, la decepción entre sus votantes crece sistemáticamente y esta decepción es también el caldo de cultivo de más conflictos.

La pregunta es si el señor Humala será capaz de poner a su ego en la congeladora y admitir errores. Un cambio de rostros en el gabinete no basta a estas alturas para recuperar todo el terreno perdido en tan poco tiempo. Se necesitan mea culpas y cambios de ruta o, mejor dicho, regreso a la hoja de ruta que de tan pisoteada parece haberse borrado.

02/04/2012

Una hora simbólica

La Hora del Planeta es una de esas iniciativas que se reproducen, con excepciones, a nivel mundial. Hoy, a las 8:30 el Perú se suma a la iniciativa y “apaga” las luces en señal de reflexión o toma de consciencia de la importancia de preservar el medio ambiente. Pero, so riesgo de sonar muy políticamente incorrecta, ¿de qué sirve la Hora del Planeta?

He escuchado a varios señalar que la Hora del Planeta es una iniciativa irrelevante pues en una hora no se logra nada. No estoy de acuerdo con dicha afirmación ya que me parece muy simplista. Creo, por el contrario, que si con un minuto lograste concientizar a alguien (así sea sólo a uno) de que el cuidado y preservación del medio ambiente es fundamental y es tarea de todos, pues ese minuto por sí sólo valió bastante la pena. Pero sí tengo una crítica a esta iniciativa que no va en sentido de la funcionalidad de este evento que es meramente simbólico.

Hace un año me topé con unos amigos. Ellos, todos, me recordaron que la Hora del Planeta se celebraba al día siguiente. Uno de ellos tenía un polo alusivo a la fecha, el otro había conseguido que su familia estuviera preparada para el evento. La verdad, me sorprendieron con la organización. Yo confieso que vivía la Hora del Planeta de la manera más sencilla que pueda existir, apagaba las luces y conversaba con las amigas entrañables a la luz de las velas por una hora. Pero no planificábamos nada y, siendo francas, no hacíamos ninguna reflexión respecto de esa hora que atravesábamos.

Pero no me siento tan culpable. Me pregunto ¿qué clase de reflexión cabe cuando se vive este evento como si fuera una actividad políticamente correcta y se pierde el sentido simbólico? Es aún más vacío, creo, inventarse que en esa hora estamos cambiando el mundo. La cruda verdad es que esos 60 minutos no significan absolutamente nada si es que luego de ellos no realizamos, cada uno desde nuestros espacios, medidas concretas.

Por eso, cuando estos amigos tan aparentemente comprometidos mantenían la costumbre de viajar en auto de una cuadra a la otra (porque les daba flojera), de usar aire acondicionado en espacios en que no era necesario (y en invierno), o la manía de mantener el caño abierto mientras se enjabonaban las manos, me di cuenta de que la Hora del Planeta para ellos era exactamente eso: una hora. Punto.

De ahí a temas de fondo el panorama se tornaba aún más gris. Yo puedo entender, aunque no esté de acuerdo, en el apoyo que determinadas personas le den al proyecto minero Conga, por poner un ejemplo. Si el argumento es que las inversiones son importantes, que la minería es positiva para el país, que el estudio de impacto ambiental no enuncia mayores daños al espacio en que el proyecto se desarrolle, me parece legítimo e incluso, el inicio de una discusión saludable y basada en argumentos. Pero si el argumento de defensa de estos “defensores de la Hora del Planeta y del medio ambiente” es tan sencillo como “las lagunas no son más importantes que el oro”, “un cambio en ese espacio no es tan relevante”, “no podemos desperdiciar una oportunidad de ganar buen dinero por nuestros recursos”, etc. pues me queda claro que eso del interés por el medioambiente es una etiqueta y sólo eso.

Ese doble discurso es el que perjudica cualquier iniciativa que tenga como base una intención genuinamente positiva. Se pierde seriedad, se pierde impacto y, a la larga, se pierde tiempo. La hora planeta debe ser un punto de partida, no la meta. Hay mucho más allá de esos sesenta segundos.

Pero, otro tema importante, es el reconocimiento de nuestra insignificancia. Sí, aunque suene muy “doña pésima”, lo cierto es que no importa si nos pasamos todo un día sin luz. No importa si nos organizamos y en todo Lima nos ponemos de acuerdo para hacer el “día del planeta” y durante 24 horas nadie prende la luz. Mientras las grandes empresas transnacionales no cumplan su cuota de responsabilidad medioambiental, nuestro sacrificio tendrá el poder que tiene una mosca contra un elefante.

Si queremos asumir el cuidado medioambiental en serio, entonces comprémonos la agenda medioambiental también (y no sólo el polo de moda). Pero, además, seamos conscientes de que nosotros solitos no es que haremos LA diferencia. Esa depende de todos, en conjunto y ese es un trabajo largo. De hecho, como decía hoy un buen amigo en el trabajo, la “hora planeta” y su mensaje de “apaga la luz por una hora y colabora con el cuidado del medioambiente”, tiene un mensaje subalterno: tú eres el responsable. Y, la verdad es que eso no es muy cierto. Repito, nosotros somos insignificantes.

Somos las moscas frente al elefante. No podemos tumbar al elefante, pero podemos enloquecerlo, ¿no? Zumbando muy fuerte.

De eso se trata. De utilizar la Hora del Planeta como un punto de partida para asumir una acción constante coherente con la agenda medioambiental que, además de medidas concretas en nuestra vida cotidiana, redunde también en la crítica a aquellas grandes empresas que no se compran esta agenda, pero sí “patrocinan” la hora planeta. Del mismo modo, debemos reflexionar y criticar a aquellos países que se llenan de “horas planeta” a diestra y siniestra, pero a la hora de la hora “olvidan” convenientemente firmar el tratado de Kyoto, o ignoran con una indiferencia magistral cualquier acuerdo tomado en las conferencias medioambientales, recordemos también que ya llega Río+20. ¿Cuánto hemos avanzado?

Entonces, “hora del planeta” sí, pero no sólo eso. Lamentablemente, uno se acostumbra a quedarse en el evento. Que no nos pase. Usemos esta excusa para hacer algo diferente este año y que en la próxima hora planeta no hablemos sólo de lo que tenemos pendiente por hacer, sino también de lo que logramos.